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martes, 28 de agosto de 2018

SOMOS SOMBRAS QUE DEAMBULAN

Si un silencio se nos cruza
y no entendemos su llegada,
algo adentro se revienta
como una persona ahogada.

Nos perdemos en meandros
de angustias y de rabia.
Somos jugadores ciegos
que deambulan por la nada.

Los recuerdos con el viento,
entre neón, humo y canallas,
se acomodan en el vientre,
va creciendo ya la náusea.

Somos sombras que deambulan
en la noche desgarrada.
Somos ángeles caídos
sin hogar y sin ventanas.

Mil demonios nos condenan.
los llevamos en la entraña,
como insectos que devoran
sin piedad, mente y alma.

Ya miramos al abismo
donde nuestra sombra amarga,
bajó primero con luna
y con prisa despeñada.

Somos sombras que deambulan
en la noche desgarrada.
Somos ángeles caídos
con la risa empantanada.

A lo lejos se oye fiesta
y su rumor nos alcanza.
Con los huesos se hace clave,
y con la muerte se danza.

Ya se fue el día claro,
el sol ocultó su esperanza.
Y en lo alto de una loma,
un perro a la luna ladra.

Somos sombras que deambulan
en la noche desgarrada.
Somos ángeles caídos
y pisamos tierra santa.

- MarioossaM -

sábado, 16 de septiembre de 2017

RITUALES

"Y fue así que, caminando, 
encontré seres con la bondad y la 
humanidad que el resto había perdido"



Hay rituales necesarios, que se descubren en los confines del mundo.

Una mujer aparece de pronto, con caminar pausado y joven,  la mirada que guarda miel, la piel que le compite a la arcilla y a la almendra, unos brazos suaves y torneados que atraviesan cuatro venas púrpura , la cadera voluptuosa, las piernas firmes, los puños cerrados, el cabello castaño como una integral.

Y uno entonces se acerca, y saluda. Y escucha esa voz que se queda en la memoria, con palabras cortas, de conversas específicas. Y descubre una geografía en su frente concisa, en sus ojos pequeños, en sus pómulos definidos, en su nariz de Fibonacci, en su boca concreta  y en su cuello serrano.

Y desde los contornos del espacio se la observa pasar, una y muchas veces, hasta hacerse necesaria. Porque tiene roles en plural; y hoy va vestida de campesina y mañana de cocinera, luego es costurera y en la tarde futbolista, después se viste para el baño y luego para el cine. Se viste de mujer fuerte y se viste para dormir.

Entre saludo y saludo uno la mira y ella lo mira a uno. Y uno va pensando, e imaginando. Y se comparte el juego, después se comparte el pocillo con agua. Para calmar la sed. Y a veces para que la sed siga creciendo. Y entonces las miradas se cruzan más seguido, para pasar el balón. Y también cuando el balón ya está lejos.

En cualquier momento ocurre que de pensar tanto, uno escribe. Y tacha y borra. Y escribe. Lee, piensa, tacha, borra. Y escribe. Y en cualquier momento uno va por un camino y se la encuentra. O puede ser que ambos sabíamos la ruta y la hicimos común. Y la mujer lo mira a uno a los ojos y sonríe. Entonces uno piensa y mira hacia atrás, pero ya se va alejando. Y puede ocurrir que mientras uno se toma un café, la mujer se acerca para pedir un favor. Por supuesto  un favor no se puede negar a una mujer como esa mujer. Y entonces es necesario dirigirse a la habitación y entregarle el objeto requerido.  Y es así que uno debe confesarle que escribe para ella y por ella. Y el aire se espesa y el tiempo se suspende.

Ocurre en ocasiones que uno lee en público aquello que ha escrito. Y el público escucha  descripciones hermosas y palabras esculpidas. Y la mujer que está entre el público sabe que aquello que se lee es por ella y para ella. Que los cuadros y los platanales son sublimes porque existe ella. Que se han inventado fórmulas y mediciones porque ella recorre unos caminos que es necesario hacer coincidir. La mujer descubre que su cuello tiene fronteras donde nace el aroma que llena el espacio y que cuando juega, los puntos cardinales se convierten en el marco donde el día vive y muere. Descubre que los grillos cantan para ella.

De pronto en el recodo de un camino, tras un árbol, la mujer aparece. Y pregunta algo, y al cruzarse las miradas, la penumbra se ilumina. Y uno  se despide aunque quisiera seguir  al lado de ese árbol. Y ocurre a veces que cuando uno y la mujer  se encuentran, las manos comienzan a rozarse mientras sigue la marcha. Y otras veces las manos se entrelazan y las miradas se esquivan. A veces las miradas se encuentran y las manos se huyen.

Y ocurre entonces que bajo la lluvia uno le entrega aquello que ha escrito por ella y para ella. Y siente su piel suave y su turbación. Y la besa. Y continúa el camino. La mujer  desde  una piedra lo mira a uno  y sonríe.  Una sonrisa dulce y brillante. Y cómplice. Atrás está el rumor del río. Y el sol ilumina su piel de arcilla y de almendra.

Nace entonces un ritual matutino, entre las sombras del amanecer, con una taza de café entre las manos y la espera en el corredor de su habitación. Para ser la primer persona en decirle buenos días, en decirle que es bello saber que ella existe, en escuchar su respuesta suave y en escuchar el nombre de uno que sale de su boca.


Pero también ocurre a veces que el domingo se termina. Y entonces se dan las despedidas.  Y cuando uno y la mujer se trenzan en ese abrazo, la respiración, y los brazos apretados con fuerza alrededor de los cuerpos, dicen todo lo que es necesario saber. Y el abrazo se extiende, y se aprieta más. Y entonces los pechos bailan acompasados, y el abrazo no se termina. Y uno desea que no termine, porque es bueno quedarse con esa mujer. O llevarla consigo. O llevarla a la sierra, a las inmensidades de su casa. Y quedarse para seguirle escribiendo, y sentarse a su lado y seguirla abrazando.  

jueves, 15 de diciembre de 2016

HOMBRES Y MAGAS II

MarioossaM


Una Maga se desliza entre calles y vericuetos, entre salones y auditorios, entre libros y teclados.  Una Maga se disfraza de carnaval y de colores, aunque sea una redundancia.  Es sigilosa y exorbitante.

Una Maga se escabulle. De la conversación. Y de los compromisos. Es la naturaleza de las Magas. Su magia radica en su universo propio. Singular. El universo de una Maga no es plural. Salvo en pequeños intersticios. Salvo que sea con sus variados personajes.

Una Maga enseña a un hombre a conocer a Cortázar. A través de las palabras, a través de los conceptos. A través de la ciudad. Y del silencio. La obra de Cortázar se refleja en el mundo de sus ojos, de su cabello azabache. De lo pendular de su cuello.

El hombre observa (que no es lo mismo que mirar) a la Maga. No la mira. La admira. Porque su cabello azabache se funde con el espacio. Y se hace infinita. Es pequeña. Y su mirada hacia el espacio, abarca mayores distancias. En ellas, cabalgan los sueños.

Es una Maga que ríe. Y baila. Y mira con detenimiento. Y con asombro. Mira y piensa. Y los ojos se le expanden hasta dimensiones colosales. Algo piensa. Pero calla.


Es el universo de las Magas.

HOMBRES Y MAGAS I

MarioossaM

Cada hombre tiene su Maga. Tal vez  en diferentes momentos de la vida, un hombre tiene a una Maga. Y cada Maga tiene su hombre. Tal vez en diferentes momentos de la vida, una Maga tiene a un hombre.

Un hombre descubre la sencillez con rostro de mujer. Y con olor de mujer. Y con sabor de mujer. Va caminando por la ciudad, lentamente. Se cruzan los carros y las personas. Ya ha aceptado que  la mujer se pertenece sola. Ya lo ha entendido.  Es una Maga.

La Maga se sienta frente al plato de comida, frente a una copa de vino. El hombre mira a la Maga. Y la descubre. Hay cosas que han cambiado. La esencia permanece intacta. Siempre ha estado allí. Y el plato de comida se consume, como se consume la vida. Con fervorosa efervescencia. Con la timidez propia de ejecutar un acto privado en el teatro público de la ciudad.  Se  juega con la comida y se juega con la servilleta. Porque la existencia de la Maga es un juego. Como juego son el problema y la solución.

Hombre y Maga caminan por la ciudad. Con el sol en la frente. Se conocen. Y se ignoran. Porque allí radica la esencia del juego. Es descubrirse y olvidarse. Es enfrentar el miedo y sucumbir a él.
Un hombre rodea la cintura de una Maga. Con sus brazos. Pero fundamentalmente con su piel. El corazón queda a contra lado. Porque un hombre y una Maga tienen corazones independientes.  El hombre aprovecha y huele el cabello de la Maga. El cabello que ha visto revuelto en otros amaneceres.

Un hombre y una Maga, se acompañan. A veces. 

La Maga es una niña. Con deberes de mujer. La Maga es una estrella. Su luz pareciera indicar que encierra fuego en sus entrañas. Los científicos dicen que es fría.


La Maga no enseña a Cortázar. 

Tiene otra magia.

martes, 26 de julio de 2016

Ensayo sobre la crueldad

MarioossaM



La inocencia del niño, su total carencia de referentes y valores sociales lo hacen impoluto durante los primeros años de vida. Radica allí su gran encanto, esa atracción por lo puro, por lo hermoso, por ese paraíso perdido a través de la vida, de las vicisitudes, de las luchas cotidianas, de los horrores, de perder la capacidad de asombro, de los errores. Pero también dicha condición de “pureza” encierra la capacidad aterradora de la crueldad. Esas cosas que se dicen con total inocencia, pero que hieren profundamente al destinatario de las palabras o de las acciones.

Durante la vida encontramos personas con esa capacidad pura de ser crueles. Nos encontramos nosotros mismos siendo crueles con otros, generando dolor, produciendo miedo.

Me impresiona ese monstruo escondido que llevamos dentro, ese Mr. Hyde que aflora con naturalidad perversa, para herir, casi diríamos sin querer queriendo.

Cuando crecemos en la individualidad, sin la capacidad de reconocer la validez del otro, su otredad, su posibilidad de sentir, de entregar, de recibir, de compartir; avanzamos por la vida buscando nuestra satisfacción egoísta. Estoy sólo o sola. Quiero esa compañía un rato, para salir del aburrimiento, para ocuparme con algo. Como quien busca un yoyo, o una pelota que rebotar contra el muro mientras pasan algunos minutos, algunas horas. Mientras llega el momento de la otra cita, de un nuevo entretenimiento. En ocasiones, necesito algo, necesito solucionar mi problema. Busco entonces quien me lo solucione. Pero tan pronto se resuelve, desecho el yoyo. Ya no me sirve.

Es la instrumentalización de la persona para satisfacer mis egoísmos. La instrumentalizo y la despojo de su dignidad humana, de su capacidad de sentir. Y como un círculo vicioso, como quien se enreda en los meandros sinuosos, oscuros y nublados del bazuco, cada que la angustia de mi egoísmo me duele en la panza, busco al instrumento de mi desahogo. Vuelvo y lo instrumentalizo. Consigo varios instrumentos que me satisfagan el ego. Satisfago la ansiedad, la soledad, la problemática; y desecho al satisfactor.

A veces se supone que no se lo que hago, que no actúo con la intención de lastimar. Es que estoy formado en el egoísmo. Carezco de referentes parentales hacia el diálogo, hacia la solidaridad, hacia la fraternidad, hacia la posibilidad de dar y recibir amor. Sólo tengo mi Yo.  Pero busco de forma permanente al instrumento que me cura la soledad, la necesidad. Lo instrumentalizo hasta el infinito, y cada vez lo desecho. Quiero algo del instrumento, pero no me decido. Siento algo, pero me aterro. Así que mejor, lo hago instrumento.

La magnificencia de la crueldad.

Por eso es necesario acompañar a los niños en el crecimiento desde la solidaridad, desde la fraternidad, desde la capacidad de amar y ser amados. Para que se reconozcan a si mismos y a los demás. Para que sean productores y receptores de amor, de fraternidad, de alegría. Para que en su paso por el mundo, por la vida, por la piel de otros seres humanos, dejen huellas en lugar de heridas. Para que ayuden a construir esperanza en lugar de desazón, para que generen alegría en lugar de temor. Para que construyan una vida sobre la base del amor.


Para que cuando crezcan no sean personas solitarias y tristes.

domingo, 15 de mayo de 2016

De amaneceres y de ocasos

Por: MarioossaM

Hay amaneceres que se dan en sábado. De forma natural e imprevista. Amaneceres en bicicleta, por las rutas del terruño. Con un libro y una fruta. Con el rio a la vista y una  tibieza de mujer al lado. Y conversaciones que se inician mientras se huele el cabello de quien acompaña. El día crece y se visitan las veredas. Se comparte un café y un pan. Un vaso de leche de cabra, un helado, una sonrisa. Se comparte la cama, la cobija y la almohada. Una vela, un poco de vino, un beso y un abrazo. Se hace el amor. Se sirve un chocolate. Se comparte el agua de la ducha. Se repasa la geografía que se comienza a querer.

El día avanza.

Y los quehaceres aparecen. Se cumplen. Se sufren. Se disfrutan. Se visitan los bares. Se toma algún batido. Se mira a la mujer. La mujer mira o rehuye la mirada. Se desconcierta. Se ruboriza. Sonríe. Piensa. Piensa. Piensa.

De repente deja salir alguna expresión o una pregunta intrascendente, para no reconocer lo que piensa, para ocultarlo. Para no reconocer lo que siente. Se ruboriza. Es joven e intenta aprender. Trata de descifrar la vida. Se aísla, se comunica. Sonríe. Y piensa.

El día avanza. Es casi medio día.  Y se comparten espacios más íntimos, Se comparte el almuerzo, el camino. Se comparte la casa recién habitada. Un poco de compañía, de cercanía. Un paisaje, una conversación. Un apoyo pequeño pero fundamental. Algún anhelo. Algún sueño. Un desayuno, un café en la plaza. Una fotografía que recuerde que el día existió y que no es un juego del cerebro. 

Queda una memoria.

La tarde avanza. Se comparte un café, un poco de música. Un abrazo, un conato de baile. Se asume la ternura. Se ama, se suda, se mira fijamente, se pierde el ser en los abismos compartidos. Se sonríe. Se vive. Se comparte una camisa.

La tarde avanza. Melancólica. Con esa melancolía que se siente cuando muere el día. Cuando se acercan las penumbras. Una mirada surge. Pensamientos que se ocultan y se pierden en la vaguedad de las sombras. De lo que no se dijo. De lo que el temor impidió que floreciera. Se está aprendiendo. Aprender cuesta. Incluso cuesta la vida. Incluso cuesta historias.

La tarde avanza y llega el ocaso. Avanza la penumbra. De forma suave y contundente. La vacilación ante lo que se teme asumir. Aprender cuesta. Incluso cuesta lo que pudo haber sido.

Hay ocasos que se dan en sábado. Sobre una bicicleta que recorre los caminos del terruño hacia la despedida. Ocasos tranquilos. Sobre el césped de un parque. Ocasos con el balance de lo que no fue. Con un poco de jugo de siete frutas en la boca. Un último beso. Un último abrazo.


Hay ocasos que se dan en sábado.

martes, 29 de diciembre de 2015

Perfil

Por. MarioossaM


Porque sus ojos dicen que la vida se vive a diario, porque la sufren bajo el peso de la historia, la disfrutan en el horizonte de los sueños, porque la siembran con el cogollo del plátano, la iluminan con una instalación para el hijo, la lloran ante la visión de la quebrada que se seca, como se evaporan los anhelos juveniles.

Porque sus ojos brillan en medio de la penumbra y le dan vida a la inmensidad oscura.

Porque su rostro lo construyo de lado y de frente. Y la vida aparece en ese lienzo con perspectivas de profundidades varias. Como la tierra a las semillas. Con reflejos del sol, con sus pinceladas sobre el manto eterno del recuerdo de sus rasgos. De una nariz telúrica, equilibrada, abisal. Sólo suya. Sin ella, no sería Ella.

Con labios finos de frente y de lado. Finos y celosos. Guardianes de secretos. Firmes. Custodios de anhelos. Liberadores de verdades. Firmes.  Por ellos fluye el soplo de la vida. Las verdades calladas, las canciones cantadas. El café compartido. La frase inacabada que quedó bebiendo el agua de la primera vez, que se alimentó de curiosidad y de memorias, que se abonó en las charlas y en las noches. Que está lista para cosechar. Por ellos fluye la despedida insuficiente, el nuevo saludo. El Hola que se espera. Nuevamente la vida.

Porque sus manos hermosas y finas, tímidas y cálidas trazan el relieve de las palabras supremas, de las canciones de mujer, de las compras en el mercado, de las historias en la cocina, del plato servido, de los hijos atendidos. Esculpen y eternizan los anhelos de la vida, en el papel que luego se rompe, en el alimento que se ofrece, en la orden señalada, en la tarea que se ayuda, en el abrazo que conforta.

Porque dejan una leve calidez. Leve y mítica. Porque sus brazos son largos y tocan la tierra, y alcanzan hasta siempre.

Porque sus pies son ágiles y blancos. Son una epifanía. Caben en la portada de un libro. Caminan los caminos y abren los senderos. En ellos descansa el agua. Allí donde cayó, nació una fruta.

Y de pie o de rodillas tiene la misma estatura. Y huele dulce. Y es libre aunque esté atada a los quereres. Tan libre que piensa en otros y se compromete. Y se detiene. Y piensa en avanzar. Y es Mujer. Vive y Ve. Camina y Viaja. Y Sueña. Y Piensa y Habla. Y Calla. Y juega al fútbol.

Porque su perfil es la vida. Y es de vida.

Y al amanecer su silueta es el paisaje. Las luces avanzan como un velo sobre su cuerpo. Mientras camina e inicia el día nuevo. Su perfil es de vegetación, que es su mismo Yo. Los quehaceres cotidianos y los sueños desde siempre. Lo que dice y lo que calla.  El agua que cabalga hasta sus pies. El caballo que gusta montar por las veredas. Con el viento. Con los ojos posados en la meta.

Y su vida es grande. Dulce, cálida, fértil, lúbrica, elocuente, simple, maternal, deportiva, comprometida, trascendente, débil, fuerte, triste, cantarina, colosal. Aunque a veces sienta que la “vida se va al agujero, como la mugre en el lavadero. Aunque siempre la vida sea seria y a pesar de ahogarse en la miseria”.

Porque cuando se conoce, no se olvida. Porque guarda la grandeza de la semilla que alimenta, porque su estatura llega al sol y sus manos siembran la tierra. Porque su mirada abarca abismos y su pecho contiene el fuego. Porque su boca libera luces y su piel guarda olores de fruta.


Porque mirada de perfil, completa las constelaciones.

martes, 22 de diciembre de 2015

Esa Mujer huele a vida

Por. MarioossaM

Esa mujer huele dulce, de una forma sutil. Huele a campo, a fruta, a flores; huele  a vida.

Sus manos son limpias y delineadas, suaves y fuertes, siembran y pintan. Son ágiles como potrillos y contundentes como un cuchillo. Son hermosas y finas, abrazan tímidas y cálidas.

Ella es esbelta y simple, alegre y taciturna. Se mueve con agilidad como si flotara, como si la movieran corrientes de aire con aromas de sandía, de suave chocolate, de panela. Mariposea. Y su mirada se pierde en recuerdos, en pensamientos, en anhelos de otras vidas, en la historia de sus ojos. De repente vuelve a este mundo y de su frente surcada se caen las palabras, se esparcen por el papel como el vino por el vestido. Se vuelven indelebles y secretas. Palabras que no pueden ser leídas por quien no se elige, pensamientos con alma que se van como el agua por el lavadero de lo cotidiano. Mariposea.

Son palabras hermosas, dignas de un libro que abarque a la humanidad, son frases de sangre y de lágrimas para regar la tierra y fecundarla. Son pensamientos arados en el papel por sus manos blancas – hacer fue el destino de las manos y en cada cicatriz cabe la vida, dijo Neruda -.

Yo  vi al agua correr sobre su piel, aferrarse para negar la separación. Y cuando el líquido corría desde el azabache de su cabello, arrastraba a su paso las lágrimas, se pintaba de pinceles en su rostro, de palabras secretas, de pensamientos que corrían a lo largo de su torso y de su cuerpo, para descansar en esos bellos pies, antes de regar la tierra. Yo vi al agua que cantaba. Allí donde cayó, nació una fruta.

Hablamos muchas noches. Y nos acompañaron las estrellas. Era importante hablar, porque había mucho que decir aunque no se usarán las palabras, porque a veces las palabras abren puertas que no pueden cerrarse luego. Sería bueno abrir esas puertas, pero…

Y hablamos, y hablamos, y surgieron silencios, y miradas tímidas o esquivas. Para no abrir esas puertas. Y las puertas a punto de derrumbarse. Y la oscuridad todo lo envolvía, y las estrellas todo lo alumbraban. Y en la penumbra el viento, una tibieza sugerida, una manta, un poco de café compartido. Y hablamos de la vida, del diálogo que sólo se entabla a través de la comida, de Remedios La Bella, de las mariposas amarillas, de Eva Luna y el cosmos, de los aromas de la tierra que ella lleva en su piel. Del zodiaco y de lo que es, de lo que no es, de lo que puede ser. Como luz que ilumina las noches de un largo camino…

Y nos despedimos una y dos veces. Hasta tres. Y los astros se alinearon para una última despedida, silenciosa, tibia, a través del correr sobre la tierra, por caminos de este mundo. Por canciones compartidas. A veces cuando no se puede llevar serenata, entonces esta se silba. Un último abrazo en el espacio tibio, aislado de la bruma fría, de la partida hasta otra ocasión.



jueves, 16 de julio de 2015

Los Míos

Por: Carlos Mario Marín Ossa
        @MarioossaM




Yo no escribo para los poderosos, ni para los petulantes. Tampoco para los traidores. Yo escribo para los míos. Escribo para la gente sencilla, para aquellas personas que tienen la sensibilidad de la vida, para los que se asombran mirando las nubes, el sol, las flores, la sonrisa y los juegos desprevenidos de los niños o las arrugas de los ancianos.  Para los que aman los animales, los que siembran la comida, los que defienden la dignidad, los que se rebelan contra los oprobios, para aquellas personas que siguen el camino espinoso, para los que caminan el mundo y viven la vida.

A veces lo hago con la intención de dejar un mensaje, tal vez algún aprendizaje que a alguien pueda servir. Otras veces para entonar homenajes a quien lo merece. Otras tantas, como reacción crítica ante la injusticia y la mezquindad. En ocasiones y de forma privada a quien me toca el corazón y el alma.

Las personas de mis mayores afectos, son y han sido gente del pueblo. Sólo he encontrado honestidad real – incluso en la expresión de sus defectos – entre las personas más humildes, entre aquellos y aquellas que desde su nacimiento se debaten ante la incertidumbre y la injusticia. Aquellas gentes que conocen la solidaridad de compartir una bicicleta con otros, que deben montarla por turnos para que varios y varias puedan disfrutarla; como conocen de heredar los pantalones, las camisas, las faldas y los zapatos a los más chicos, o que han sido herederos de las prendas de los mayores. Entre esas personas he conocido a los luchadores por los derechos, a los defensores de la dignidad colectiva.

Las gentes de mi pueblo comparten la comida, no la que les sobra sino la que les hace falta. Comparten la cobija y los sueños. Comparten incluso el vino de mora que destilan. Y lo tomamos en el mismo vaso y de él tomamos los convocados, mientras charlamos sentados en un parque o en un andén, en una loma o mientras recorremos un camino. Son edenes a los que no están llamados todos.

La gente de mi pueblo tiene los ojos limpios, tan limpios que hasta enseñan la desconfianza o la amargura. Pero también la alegría y la esperanza.

Por eso renace la fe y nunca se agota.

Las turbulencias de la vida me han llevado ante los espacios de los poderosos, de sus lacayos, de sus esquiroles, Allí he comprobado como la vanidad, la mezquindad y la mentira se conjugan como un coctel amargo que se pasa entre risas de falsedad mientras intentan engullirse al más descuidado, para apoderarse de lo que tiene. Porque entre los poderosos y sus esbirros no se da ni lo que sobra. Nunca puede adivinarse la intención tras la sonrisa. La mirada siempre va varios centímetros por encima del pueblo. Habitan una burbuja que no toca ni el cielo ni la tierra. Son tibios, pusilánimes y violentos.

Más cerca de estos están esos falsos profetas que se presentan como protectores de las gentes populares, que buscan con afán el reconocimiento para satisfacer su vanidad        – vanitas vanitatis – pero que atentan con su proceder contra toda posibilidad de emancipación de los míos. La máscara no dura, porque bien lo decía Gaitán: El Pueblo es superior a sus dirigentes. El pueblo no necesita dirigentes vanos ni envanecidos, no necesita suplir a una clase de opresor con otra clase, decía Camilo. Necesita compañeros de lucha y de camino. El compromiso desnuda los falsos discursos. Por sus obras los conoceréis.

Entre los combos de metaleros, punks, hippies, campesinos, bases étnicas y  desarrapados; he conocido mejores seres humanos, más sensibles, personas más honestas y comprometidas con su entorno y con sus familias que entre los ejecutivos de corporaciones seculares o de iluminación divina. Tampoco se halla tal valor entre los patrones mafiosos de los grandes latifundios. Mis mejores afectos se encuentran entre estas gentes diferentes y transgresoras.

La tibieza de una mirada inocente, esperanzada y profunda – de esas miradas insondables que no se recorren en una eternidad – no tiene conversión monetaria. No se adquiere esa experiencia con Masterd Card.

Por eso a veces renuncio a escribir acerca de tecnicismos y estadísticas. Muchas veces la intelectualidad se convierte en una trampa donde se ahoga la humanidad.

Hoy prefiero referirme a esa gente que camina conmigo por calles, por veredas, por montañas. Esa gente que cuando se despide, la veo alejarse con su silueta delgada y mirando hacia el frente, absorta en sus convulsiones internas, en sus grandes y pequeñas utopías. Esas personas son mi familia, esa familia que se construye, se apoya y se defiende. Esa gente con la que preparo alimentos compartidos, con la que bebo del mismo vaso. Esos y esas son los míos.

martes, 14 de abril de 2015

Canción a una Mujer que conocí

Por: MarioossaM


Esa mujer menuda y reservada se acercó a saludarme. Casi imperceptible en medio de la inmensidad del mundo, me enseñó sus ojos vivos y un poco tímidos. Pero tenían vida. Los ojos son el espejo del alma, decían los abuelos. Y es cierto. Esos ojos no tenían pretensiones, pero no se podían ignorar. Hurgando sin aspavientos entre todo el movimiento, no intentaban ser como los ojos de muchas otras que se han cruzado en mi camino, que miran sin conciencia. Pero veían. Eran ojos de mujer del pueblo, de mujer que ha vivido, ojos que han visto, que han amado, que han llorado, ojos que tienen esperanza, tal vez un poco de desconsuelo. No me parecieron ojos que han odiado – a pesar de tantas incertidumbres y traiciones, a pesar de las dificultades -.

Esos ojos han visto hijos nacer y crecer, han visto compañeros llegar e irse. Son ojos que han trabajado. Ojos de mujer humilde pero con ideas propias. Tal vez ideas sencillas, pero profundas. Son ojos de mujer que elige su destino, ojos surcados por pequeñas arrugas bajo una frente que han coronado otros surcos de la vida. Ha vivido.

Bajo la inmensidad de una noche ignota le conté que me gustaba mirar los ojos de la gente. A mí los ojos me cuentan cosas, como me cuentan de pasados las canciones de la radio. Ella me contó de vidas humildes y sencillas, de pequeñas y grandes luchas, de esperanzas.

Me sorprendía el respeto con que se dirigía a todos. Pero sin servilismo. Con asertividad. Yo le agradezco su respeto. Para respetar hay que tener conciencia del otro y que el respeto existe. Para tener lealtad, hay que saber que eso existe. Para vivir hay que saber que la vida existe. Pero no como una sucesión aburrida de segundos, minutos, horas, días, meses y años. Para vivir, es necesario decidirse a vivir.

Yo la vi como una saeta jugando fútbol. Hace mucho no me divertía viendo jugar fútbol. Hace tiempo no me admiraba viendo jugar fútbol. Y lo hacía bien. Pero sobre todo, lo hacía con alegría, con compromiso. Pero no con el compromiso de agradar a otros, no por ganar. Lo hacía con el compromiso de vivir. Es que al final la vida es corta y es importante vivir ya.

No es una mujer especialmente hermosa, con esa hermosura de los catálogos de moda, de los avisos de los gimnasios. Pero era hermosa. Tenía la hermosura de una mujer. De una mujer que es consciente de si misma. Sin aspavientos, sin aspiraciones artificiales. No es joven ni es vieja. Pero es vital. Es joven desde el interior de la vida, desde los océanos insondables del alma de mujer.

No hablamos mucho. Pero fue suficiente.

Su nombre no es necesario. No importa. Pero importa.

Me gusta pensar que por alguna casualidad, a través de los meandros de la vida y del tiempo, llegará a leer este homenaje. Que sabrá que para mí existe. Que su existencia humilde y respetuosa es especial. No todas las mujeres merecen ser recordadas. Pero algunas si.


No hablamos mucho. Pero fue suficiente.