Mostrando entradas con la etiqueta Sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sociedad. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de agosto de 2023

La pregunta como gen de la creación y su inexistencia en la IA

 



Todos los animales son iguales.

pero algunos animales son más iguales que otros.

 

George Orwell (Rebelión en la Granja).

 

 

Escuchose la música de una flauta casi perdida entre el

redoble persistente, regular e implacable de los tambores.

Gustáronle estos a Lenina. Cerrando los ojos, se entregó a

su grave y reiterado redoblar, y dejó que se invadiera cada vez más

por completo su ser, hasta que ya no quedó en el mundo para ella

sino aquella profunda pulsación sonora.

 

Aldous Huxley (Un mundo feliz).

 


Feria del libro de Pereira 2022. Foto: Carlos Mario Marín Ossa


por  Carlos Mario Marín Ossa.

 

La especie humana se encuentra –como tantas otras veces- ante un nuevo cataclismo que conmueve sus cimientos evolutivos y la confronta con los límites de su existencia. En medio del desarrollo de la 4ª. revolución industrial, aparece la tecnología conocida como Inteligencia Artificial, la cual promete simplificar la vida de las personas y responder, virtualmente, a cualquier pregunta que se le plantee, o a cualquier desafío que se le proponga en el espectro del conocimiento humano.

El mundo que habitamos las generaciones vivas del siglo XXI, está organizado de acuerdo al modo de producción vigente, que no es otro que el capitalismo en su fase tardía neoliberal, en donde las relaciones de producción entre las clases sociales son claramente de explotación de los dueños del capital sobre quienes no lo poseen; o si se quiere, de dominio y hegemonía por parte de las personas que poseen el capital, el conocimiento y el poder militar sobre las personas que carecen de las anteriores posibilidades. El desarrollo tecnológico de la imprenta y su consecuente impacto en el desarrollo del telar y la máquina de vapor, que dieron como resultado la revolución industrial capitalista, determinaron no sólo la cultura, el derecho, la educación, la política y la religión; sino que trazaron los caminos para el avance de la ciencia y de la técnica, con lo cual aparecen los desarrollos en torno a la electricidad y la electrónica que marcan los tiempos de la segunda mitad del siglo XX y la primeras dos décadas del siglo XXI.

La sociedad individual del conocimiento aplicado y el regreso a la tribalidad con la aldea global.

Con cada descubrimiento y adopción de una tecnología nueva, el ser humano genera un desplazamiento cultural (McLuhan). En las sociedades anteriores a la invención del alfabeto fonético y de la imprenta, el carácter audio – táctil de la comunicación y de la escritura hicieron de las personas seres tribales, y en consecuencia, dichas sociedades también lo eran. Aquí el carácter audio – táctil de la escritura y de la comunicación conlleva a la utilización de todos los sentidos humanos en el proceso, especialmente a la preponderancia del oído sobre la vista. De esta forma, el aprendizaje y por tanto, la creación humana, depende del contacto de los cinco sentidos con el entorno, con el medio ambiente; y dichos procesos de aprendizaje y creación se dan en términos complejos e inmediatos, los que se depositan en la cultura del manuscrito, que internaliza nuevamente el proceso de forma holística. Por el contrario, con el advenimiento del alfabeto fonético y la creación de patrones y procesos repetitivos y lógicos en línea, que son la base del funcionamiento de la imprenta y el ulterior soporte y desarrollo de la industrialización como de las superestructuras culturales, legales y religiosas; se da el divorcio de los sentidos, en concreto de la vista sobre el oído. Así pues, el conocimiento y la creación se comienzan a dar también de forma desagregada, en lo que se conoce como conocimiento y/o ciencia aplicada. Se termina el proceso tribal de la sociedad y se erige la dirección del mundo íntimo del individuo, como producto de un punto de vista establecido, que es el resultado de los hábitos de observación particularizada [i].

Carnaval en Santuario - Risaralda. Foto: Carlos Marín O. 



Los desarrollos tecnológicos desde los años sesenta a la fecha, que tienen que ver con la electrónica, el internet, los procesos de hardware y software; y la implantación de los modelos de supercomputadores, poderosos motores de búsqueda y espacios geográficos para el hábitat físico de todas estas estructuras del mundo real que albergan el mundo virtual, nos han traído hasta la promesa (o amenaza) de la llamada Inteligencia Artificial (IA). No se trata ni mucho menos de un desarrollo tecnológico que le debemos a los modernos tiempos del siglo XXI, sino que sus desarrollos datan desde el año 1962 aproximadamente (tiempo en el que curiosamente McLuhan predecía la desaparición del alfabeto fonético y el advenimiento de la aldea global con su nuevo tribalismo, el retorno de la preponderancia audio – táctil), y que en medio de la guerra geopolítica entre Estados Unidos de Norteamérica y la China, es decir entre Oriente y Occidente, se han acelerado los mencionados adelantos de esta tecnología. El trasfondo para impulsar con tal fuerza y celeridad este desarrollo, es la disputa de la hegemonía mundial como potencias económicas entre estos colosos. La tecnología es también ese campo de batalla, que basados en la preponderancia lingüística del imperio gringo, pareciera llevar la delantera en la imposición de sus intereses y matrices ideológicas a través de la IA. La empresa OpenAI, propietaria del reconocido ChatGPT, se alimenta de la inmensa del inmenso cuerpo de contenidos textuales en inglés que componen la web [ii], liderando además desde Silicon Valley los modelos lingüísticos de gran escala (LLM). Pero si lo vemos desde el punto de vista del retorno a la tribalidad de la aldea global y sus códigos visuales, la cultura china es tradicionalmente oral, tribal y audio – táctil. Su escritura es ideográfica y en ese sentido difiere del patrón lógico que supone el alfabeto fonético occidental. Puede encontrar aquí el nicho para la disputa geopolítica por el dominio mundial de la IA, que no es otra cosa que el dominio económico. La IA es entonces una herramienta tecnológica de carácter militar.

La hegemonía lingüística como arma de control y preponderancia geopolítica

Las aplicaciones de IA prometen dar respuesta a los pedidos de los cibernautas, cruzando billones de datos en segundos, los que son tomados de todas las plataformas que han sido alimentadas por personas, con la información relacionada a todo el conocimiento generado por la humanidad, y que ha podido ser digitalizado para tal fin. Esto supone que las personas que alimentan las equipos y plataformas huéspedes de dicho conocimiento, deben hacerlo utilizando los códigos y estructuras lingüísticas que existen, y por lo general realizando las traducciones correspondientes al lenguaje prototípico que es el inglés.

Es el lenguaje humano el que exhibe del modo más claro la diferencia esencial entre el hombre y el animal, en particular la facultad que tiene el hombre de formar nuevas expresiones que manifiesten nuevos pensamientos y que sean apropiados para nuevas situaciones [iii]. De forma análoga, se plantea la diferencia entre la capacidad para crear y utilizar lenguaje por parte de las personas y de las máquinas, como forma de crear a su vez y recrear el conocimiento, el pensamiento y las nuevas realidades a las que se aplican. Aunque las aplicaciones más conocidas de IA logran generar textos, conversaciones con cierto nivel de lógica, compendios temáticos, creaciones “literarias”, imágenes muy aproximadas frente a lo que se pide a partir del texto introducido como instrucciones, procesos de automatización de procesos industriales, entre muchos más; lo cierto es que por más que los desarrollos de software a partir de inteligencia algorítmica logren imitar al cerebro humano, los procesos de sinapsis y en cierto tiempo, los cinco sentidos de las personas; el diseño natural de nuestro cuerpo y la interrelación con el medio circundante da como producto la interpretación de los fenómenos de la realidad que se percibe, el aprendizaje que de ello se deriva y la creación de conocimiento a partir del proceso. Los computadores no tienen piel, que es el sentido más extenso del cuerpo humano y por tanto el mayormente conectado a la sinapsis cerebral (o generador de mayor cantidad de sinapsis).

Los cada vez más rápidos desarrollos de la IA - al igual que en los días de los avances del software y el hardware de los años sesenta y setenta- promueven presiones muy fuertes para imponer una nueva tecnología educativa (y productiva) y elaborar programas y métodos de enseñanza bajo la luz de los últimos avances científicos [iv]. La alerta que se genera, es que los nuevos conocimientos y las nuevas técnicas definirán la naturaleza de lo que se enseña y del cómo se enseña. Lo que conocemos sobre la inteligencia humana sugiere que disminuyendo el registro y la complejidad de los materiales presentados al entendimiento, a base de establecer la conducta en patrones fijos (dar instrucciones a la IA), son métodos que pueden dañar y tergiversar el desarrollo normal de las capacidades creadoras [v]. La IA promueve la búsqueda del placer y la gratificación inmediata.

La pregunta es el gen creador, y es propio del ser humano.

La gran génesis de la actividad creadora es la pregunta, en contraposición a la respuesta (fundamento de la promesa de la IA), y la pregunta no hace parte de la inteligencia algorítmica, que como característica funcional de la respuesta, se limita a seguir una serie de instrucciones que configuran las formas y estilos institucionalizados que no son nada más que la manifestación del status quo. Estas formas institucionalizadas hacen parte de la presión social manifiesta en la cultura, en la lingüística institucional (inglés), en las razones de la estadística y de las políticas públicas o políticas de las mayorías, que a la postre crean la agenda pública de la IA. Pero la verdadera creación humana se da en los márgenes de la institucionalidad, y es la labor de los iconoclastas, de los outsiders sociales que no se cogen a los códigos establecidos y patronalizados. La IA no tiene ni puede tener la facultad de la pregunta, porque su “inteligencia” es funcional, no creadora.

La profesora María Carmenza Hoyos Londoño, docente de la Universidad de Antioquia, refiere una experiencia de clase de literatura, en donde los estudiantes debían utilizar el ChatGPT para que entregara unas anotaciones de análisis sobre el poema Pequeña elegía, de Raúl Gómez Jattin. La aplicación de IA devolvió como resultado unas notas que referían a la expresión de profundos sentimientos de tristeza (característica por antonomasia de una elegía). Al ajustar las instrucciones en un segundo intento, delimitando mejor lo que se quería respecto al poema, el resultado entregado refiere a otro autor e incluso en un tercer intento, entrega información que no es real respecto del autor [vi]. Y ello se da, porque la IA requiere de instrucciones muy precisas y perfectamente escritas, de forma que el componente lingüístico sea tan ajustado que la IA no requiera de “interpretar”. La condición de interpretación y ajuste al contexto y a la situación concreta, es facultad propia y exclusiva del ser humano.

En otro ejemplo, el fotógrafo alemán Boris Eldagsen, ganó en abril de 2023 un concurso convocado por la multinacional SONY, cuya temática estaba enmarcada en cualquier obra generada por IA. Su fotografía fue la ganadora. En la misma aparecen una mujer joven de estilo clásico, y detrás de ella una mujer mayor que la toma por los hombros, mientras ambas tienen un gesto de consternación.  Boris terminó confesando que las mujeres de la fotografía no existen, no han existido y nunca existirán [vii]. Las instrucciones a la IA fueron tan precisas, que se logró un resultado impresionante y de gran “realismo”. En este caso, como en la organización, robotización y automatización de la producción, pudiese verse como un resultado favorable en términos de creación artística o racionalización económica. Otra mirada puede ser enmarcada en el peligro de crear realidades no existentes o de condenar al ostracismo el trabajo humano productivo.

El pensamiento crítico como capacidad humana y como acervo de la especie, ha empujado los cambios y transformaciones en la historia. Los mismos se dan en contra de la cultura y no dentro de ella, pues esta es stablishment, status quo que hace acríticos y dóciles a los seres humanos. La crítica surge a través de la pregunta, igual que la duda; preguntar es un distanciamiento de los poderes ya sean estos abiertos o de facto, o sutiles y simbólicos. Por lo mismo, la capacidad creadora la da la pregunta, la creación es introspección humana.

El ejercicio producido por la IA puede conllevar a la simplicidad de hacer del lenguaje y del conocimiento como algo “transportable” (en teléfonos, tablets y computadoras) que priva a la persona de la retroalimentación del medio ambiente. Es resultante también la tensión entre el mundo individual y aplicado de la cultura del alfabeto fonético y la aldea global del retomado mundo tribalizado a partir de los desarrollos cibernéticos y de la web, que dividió en su momento los sentidos para acometer por separado el conocimiento aplicado, y la nueva integralidad mágica proporcionada por la IA. Otras tensiones resultantes son las relacionadas con el tiempo, ya que el hombre tipográfico tiene un sentido del mismo desde lo cinemático, secuencial y pictórico. La aldea global proporciona otra característica al tiempo de forma inmediata e integral. En lugar de evolucionar hacia una enorme biblioteca de Alejandría, el mundo se ha convertido en un ordenador, un cerebro electrónico, exactamente como en un relato de ficción para niños. Y a medida que nuestros sentidos han salido de nosotros, el GRAN HERMANO ha entrado en nuestro interior. Y así, a menos que tomemos conciencia de esta dinámica, entraremos enseguida en una fase de terror pánico, que corresponde exactamente a un mundo de tambores tribales en una fase de total interdependencia y coexistencia impuesta desde arriba [viii].

Iglesia Santuario - Risaralda. 
Foto: Carlos Mario Marín Ossa


Después de todo, la IA es un recurso de carácter militar aplicado a la economía como estructura y a la cultura, la educación, el derecho, la política y la religión como superestructuras. Como en cualquier guerra, los desarrollos entregarán productos benéficos y otros nocivos. Veremos en qué grado.



[i] Herbert Marshall McLuhan, La Galaxia Gütemberg. Editorial Planeta Agostini, Barcelona – España, 1985.

[ii] Evgeny Morozov, Guerra fría 2.0. Periódico LE MONDE diplomatique edición Colombia, mayo de 2023.

[iii] Noam Chomsky, Lingüística Cartesiana. Editorial GREDOS S.A. Madrid – España, 1972.

[iv] Noam Chomsky, El lenguaje y el entendimiento. Editorial Seix Barral S.A. Segunda edición aumentada, Barcelona, 1977.

[v] Ib Idem. Subrayado del autor de este artículo.

[vi] María Carmenza Hoyos Londoño, Inteligencia Artificial para la escritura de textos “Utilizarla o no utilizarla, esa es la cuestión”. Periódico MAESTRO Legal, mayo – junio de 2023.

[vii] Philip Potdevin, Dudas e interrogantes en torno a un dispositivo del capitalismo tardío. Periódico LE MONDE diplomatique edición Colombia, mayo de 2023.

[viii] Herbert Marshall McLuhan, La Galaxia Gütemberg. Editorial Planeta Agostini, Barcelona – España, 1985.

 


lunes, 14 de diciembre de 2020

TENGO UN PELUSA EN LOS OJOS


 


Nacimos en el sur, por designio del norte, en condiciones inhóspitas e inciertas, aferrados a la vida no pedida pero amada al final. Nos han unido los avatares que llevan los hijos de los pobres, que comen carne “cada mes cuando mi padre/madre cobraba”, los zapatos desgastados y un balón de fútbol.

No hay tantas distancias desde Villa Fiorito, al sur de Buenos Aires, Argentina; hasta el barrio Campestre B en Dosquebradas, Colombia. Tan pocas, que en el año de 1986, a través de una pantalla de televisión, dos latinoamericanos provenientes de esas barriadas, sin conocerse, tenían las ilusiones soportadas en una pelota de cuero sintético.

Unos años atrás había estado sentado en la sala de una casa, acompañando a mi tío y a sus amigos de universidad, para ver algunos partidos del mundial de fútbol de 1982. No entendía mucho, y mi interés no era especial. Era aún un niño sin mayor sentido del mundo por fuera de las comidas diarias.

Pero cuatro años más tarde, comenzando la adolescencia, regresaba del colegio a mi casa, cada día de la semana, a la 1:00 de la tarde, calentaba el almuerzo que me había preparado mi madre antes de salir a trabajar, miraba los “trastes” que habían dejado mis hermanos antes de irse a estudiar; y me sentaba frente al televisor para ver los partidos del mundial de fútbol que se jugaba en México y que había comenzado el 31 de mayo.

Aún no tenía consciencia clara de lo que había representado la guerra por las islas Malvinas, y sobre la dictadura militar argentina, sólo tendría referencias a través de la película La noche de los lápices, unos años más tarde. Había visto la toma y retoma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero, siguiendo las imágenes de Omaira Sánchez atrapada entre el lodo por la desidia de mandatarios que descansaban cómodos y tibios entre sábanas de olán y almohadas de plumas.

Había observado una histeria colectiva que se desató en Pereira, cuando unos volantes que se repartieron por debajo de las casas del barrio en donde crecí con mis abuelos, anunciaban la visita del ángel vengador que ajustaría cuentas con quienes encontrara en la calle. Ya me había enterado de cómo la Mano Negra estaba marcando con tinta los cuerpos de los habitantes de calle, putas, marihuaneros, hippies y ladrones, los cuales aparecían luego asesinados en las calles de la Perla del Otún.

Ya había asistido a la fastuosidad y prepotencia de Monseñor Castrillón durante las procesiones de Semana Santa; y creo que ya se había dado el primer tumulto de gentes que huían despavoridas cuando en esas procesiones estalló el cilindro de gas de un carro de papas fritas, mientras alguien gritó: “Se entró la guerrilla”.

Ya sabía del genocidio que se había iniciado contra la Unión Patriótica y veía en las paredes aledañas al centro las pintas de A Luchar. Ya había escuchado un miércoles las noticias locales de la radio anunciando la aparición de afiches en los postes aledaños al Lago Uribe Uribe, que denunciaban que Antonio Correa y Alcides Arévalo eran mafiosos. Esa misma mañana vi los afiches y también cómo desaparecieron en cuestión de minutos, tan rápido como se evaporó la noticia del dial. Ya había reventado las tejas de una casa vecina cuando me subí a los techos para caminar sobre ellos por toda la cuadra; y por supuesto, ya me había descompuesto un brazo al bajar del techo.

El fútbol que tenía antecedentes milenarios, los que se referenciaban desde la China, pasando por las tierras europeas y con vestigios en la cultura Maya, había sido estructurado y normado, como lo conocemos, en Inglaterra. El imperio y los europeos imponían condiciones.

México recibió figuras para mi descollantes como los arqueros Jean Marie Pfaff, Rinat Dasáyev, Neri Pumpido, Peter Shilton, Walter Zenga, Emerson Leao, Jöel Bats, Luis Islas. Defensas como Hans Peter Brieguel, Baresi, Passarella, Branco, Guisti, Ruggeri, Galvao, Brheme, Hans Peter Brieguel, Javier Aguirre. Mediocampistas como Michel Platini, Emilio Butragueño, Sócrates, Karl Heinz Rummenigge, Zico, Enzo Scifo, Lothar Matthäus, Ricardo Guisti, Marcelo Trobbiani, Dominique Rochetau, Jean Tiganá, Alemao, Enzo Francescoli,  Rubén Paz, Rubén Paz, Jorge Buruchaga y Diego Armando Maradona Franco. Delanteros como Antonio Alzamendi, Roberto Cabañas, Gian Luca Vialli, Aldo Serena, Telé Santana, Paolo Rossi, Gary Lineker, Careca, Emilio Butragueño, Alessandro Altobelli, Rudy Völler, Sócrates y Jean Pierre Papin. Toda la vía láctea encarnada. No he visto luego, en ningún mundial, una convergencia de figuras de tal calidad, ni un fútbol tan hermoso.

Por primera vez podía asistir a ese espectáculo tan arraigado en el ADN humano como resultado de la herencia de las culturas que nos emparentaron con los vestigios de sus comuniones rituales en el pasado. Ahora podía disfrutar de la magia de esos seres dotados con la fuerza, la plasticidad y la velocidad que todos ansiábamos tener; para ocupar un lugar en el mundo, para ser alguien, para ocupar un sitio en la historia, en la memoria y en los corazones de las gentes.

Quedaban suspendidas temporalmente las escuchas radiales de los partidos del Deportivo Pereira, en medio de las sombras de una pieza oscura, en donde podía ver a través del relato del narrador las imágenes que luego intercambiaba los lunes con mis compañeros de clase, que si tenían el dinero para asistir al estadio.

Las injusticias de los árbitros y jueces de línea eran evidentes cuando tenían que afectar con sus decisiones a los equipos suramericanos –más humildes– frente a los europeos –más poderosos–. El norte y el sur se me revelaban de forma más concreta cuando aún era un niño. Eran decisiones similares a las que los poderosos de mi comarca tomaban contra las putas, los habitantes de calle, los maricas, los marihuaneros, los hippies y los ladrones. También aquellas que ya veía en contra del abuelo o de mi madre en sus trabajos. El pez gordo se come al chico, obispo mata cura, el norte explota al sur.

Maradona ya se había echado al equipo argentino al hombro. Habían viajado (lo supe este año) sin uniformes oficiales y debieron comprar de urgencia aquella camiseta azul que utilizaron el 22 de junio, en tiendas deportivas de Ciudad de México. Los poderosos representantes de la AFA, por supuesto, llevaban sus mejores galas.

Y entonces, llega el domingo 22 de junio de 1986. A las 12:00 del mediodía estaba yo sentado en la sala de mi casa, frente al televisor, con el plato del almuerzo en las manos. Millones de latinos con el corazón como un puño. Frente a la caja mágica, un niño del sur en Colombia, veía a un pibe del sur, en Argentina. Los ingleses comenzaron a golpear al Pelusa, los árbitros a mirar para otro lado, tal como lo hacía la dictadura ante las imposiciones neoliberales de Margaret Thatcher. De pronto, en el segundo tiempo, los argentinos recuperan el balón de un ataque del equipo inglés. El balón se lo entregan a El Diego, se asocia y el rebote va al área, para que este pibe salte y con la mano de Dios doblegue al arquero de su majestad la Reina. Va esa por las Malvinas, por el petróleo robado, por la dictadura apoyada. Y luego, luego, el delirio. Maradona recibe un balón en su terreno y parte como una saeta eludiendo rivales que van quedando  tirados en el piso, impotentes ante la magia, ante la decisión, ante la venganza. Un gol para la historia, una cachetada en los terrenos del imperio, una vez que el sur le gana al norte, una vez que los hambrientos vulneran a los despojadores.

¿Cómo no amar ese sentimiento, esa dignidad alcanzada y saboreada? El tocar al poder en su cara y reírnos, sabiendo que no pueden hacer nada para borrar la historia. ¿Cómo no encumbrar a ese hombre como un Dios del sur? ¿Cómo no hacerle canciones, y dedicarle versos y hacerle una película con miradas, recursos, brazos, ojos, gargantas y corazones del sur?

El Pelusa vulneró por nosotros al poder, se le enfrentó y lo miró a la cara. Él era nuestras manos, nuestras piernas y nuestras ganas en ese momento. Con Maradona pudimos saborear la victoria, el triunfo, el salir un ratico del barro. Y siguió enfrentándose al poder de la FIFA que vulneraba jugadores y aficiones. Y se decidió por Fidel, por el Che, por Chávez, Evo, Pepe, Lula, Dilma, Correa y Cristina. Se decidió por el sur, y el norte nunca se lo perdonó. Si el norte tenía acorazados, submarinos, aviones y tanques, los latinoamericanos teníamos a Maradona, para golpearlos un poco, para imponer nuestro orgullo desde el sur.

Se equivocó en otros aspectos de su vida, como todos nosotros, pero como a un Dios se le empujó a rendir cuentas que no nos correspondía exigir ni revisar. Como lo dijo el gran Eduardo Galeano: “…es el más humano de los dioses”. Tal vez no le alcanzó el tiempo para aprender nuevos caminos como algunos podemos recorrer, para reconocer otras masculinidades. Pero también es cierto que quienes critican sin piedad y desconociendo el contexto, no comprenden nada de las profundas pasiones del alma popular.

Por ahora, ¡Dios ha muerto! ¡Larga vida a Dios!

@MarioossaM