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domingo, 27 de febrero de 2022

 

#Entrevista | con David Racero, Representante a la Cámara por #Bogotá, durante su visita a la ciudad de #Pereira #Risaralda en marzo del año 2021. Hablamos de #Economía #Política #Educación #DDHH y sobre el #PactoHistórico que le proponen al país y sus gentes. A través de @ElCuartoMosquetero #ElCuartoMosquetero #Medio Política,Colombia,PND,2019,Risaralda,Entrevista,Comunicación Popular,Economía,DDHH,Educación,Salud,Pereira,Dosquebradas,Eje Cafetero,Congreso




Entrevista a María José Pizarro

«Si nosotros queremos ponernos a tono con el tiempo, tenemos que tener una era de paz, una era de conocimiento […]», María José Pizarro, representante a la Cámara por Bogotá y hoy candidata al senado, habló con El Cuarto Mosquetero desde la ciudad de Pereira.




 

viernes, 28 de diciembre de 2018

La unidad del bloque popular



En el mundo, y en particular en América Latina los vientos de la política soplan hacia la derechización de la sociedad e incluso hacia el extremo de ese lado del espectro ideológico. Son los tiempos que vivimos.

Entonces, afloran con mayor fuerza que en los últimos diez años las políticas económicas y sociales que apuntan a utilizar a las mayorías de la población como ganado que, explotado con mayor refinamiento e incluso mayor violencia, contribuyan con mayores márgenes de ganancia para los dueños de la hacienda continental, y en nuestro caso particular, de esa, llamada Colombia.

Esos vientos traen consigo las banderas de la homofobia, de la misoginia, del fundamentalismo religioso, del odio a la diferencia, de la explotación de la naturaleza y de las personas, sin compasión. Se intenta construir un mundo homogenizado que no cuestione las razones de la injusticia ni proponga alternativas humanas; antes bien, que sea funcional a los intereses de los explotadores y que reproduzca no sólo sus formas, su ética, su moral y sus características; sino además que produzca en el seno de una sociedad así a los capataces que serán los verdugos de sus congéneres, mientras que los patrones observan desde las alturas con las manos limpias.

En Colombia, tan sólo con el advenimiento del nuevo “presidente” se incrementó la oleada retardataria y sus vientos soplan huracanados. Los diferentes niveles de este “gobierno” se han nutrido con lo más destacado de la corruptela local, y no se molestan siquiera en disimular, ni se sonrojan. La restringida democracia retrocede de forma evidente, las garantías constitucionales como la protesta o las consultas populares sufren de persecución implacable, los compromisos para la paz adquiridos a nivel del Estado y con responsabilidades internacionales, se hacen pedazos sin consideración. El constituyente primario (el pueblo, como lo señala la Constitución Política) es un títere sin valor, no como otros títeres que tienen valor de uso y cambio para sus patrones.

En el contexto de este período, se realiza un llamamiento para intentar construir esa unidad amplia y real que confronte este régimen y se dispute los escenarios de gobierno y territorialidad.

Un llamamiento desde las comunidades y pueblos que conforman esta Nación

Analizando y sobre todo sintiendo las realidades de la Colombia profunda, de esa en la que viven las gentes humildes e incluso la maltrecha clase media, las comunidades más diversas, los pueblos, se comenzaron a reunir personas desde los territorios y desde las esferas nacionales: dirigentes y activistas, hombres y mujeres de partidos políticos alternativos, de movimientos sociales, campesinado, jóvenes de las ciudades, sindicalistas, indígenas y población afro. El objetivo no es otro que intentar el avance y construcción de ese movimiento de confluencia y unidad que permita juntar la fuerza necesaria bajo una plataforma política común y el tejido minucioso de las confianzas, de forma que se logre confrontar al establecimiento que trae ahora una reedición de los momentos más aciagos sufridos por el pueblo colombiano en los últimos cincuenta años.

Entonces, los diferentes procesos sociales, comunitarios, políticos, sindicales y de variada naturaleza hacen el llamado a la ASAMBLEA LEGISLATIVA, POPULAR Y DE LOS PUEBLOS, la cual se llevó a cabo a mediados del mes de octubre en el municipio de Bosa – Cundinamarca



El gobierno popular, un acumulado real que legisla para una Nación de naciones

 Aunque Colombia como resultado de su “vida republicana” vive en la democracia liberal y en las instituciones propias de la misma – al menos en la letra, aunque la realidad sea otra-  la situación objetiva es que en los territorios se vive en procesos de autogobierno y su devenir se consolida a pesar de las presiones del poder del establecimiento, de las élites. Esto se manifestó una vez más en el espacio asambleario de Bosa, de donde se reconocen las manifestaciones en los siguientes aspectos gruesos de la vida de los pueblos:

1.    El territorio es el espacio geográfico, cultural y económico en donde se viven las realidades de las gentes, en donde se teje sociedad, en donde se proyecta la vida de las comunidades y se construye la historia a partir de los legados de los antepasados, sus sueños y sus luchas. De esta manera se defienden la tierra, el agua y todos los bienes comunes en todos los ámbitos territoriales ( local, zonal, municipal, regional, nacional ).Los énfasis se dan frente a las amenazas que representan para las comunidades la presencia y actividad de las multinacionales en temas minero-energético, ambiental, concesiones y títulos. También sienten la amenaza de políticas públicas como las ZIDRES ( Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social) pues para ellos es la condena a muerte del campesinado a manos de los empresarios ricos.

2.  El gobierno en los territorios (autogobierno) es una realidad que sobrepasa al gobierno oficial de la República. La tradición, la cultura y las realidades de las comunidades dictan la juridicidad que se cumple en la cotidianidad. Sólo se acepta como legítimo el gobierno que sale del seno de las comunidades (rurales y urbanas), pues el gobierno oficial no es el resultado de un proceso democrático ni representa los intereses de la Colombia profunda.

3.    La economía se construye de acuerdo a los usos y costumbres de las comunidades, para suplir las necesidades materiales de las mismas y no se enfoca necesariamente para el mercado liberal. Se han apropiado algunos enfoques y manifestaciones de la modernidad, pero en esencia se soporta sobre características de colaboración y solidaridad.

4.    Los espacios institucionales de la democracia liberal (oficial) son válidos como un escenario de disputa que se articula con la movilización que es propia de la naturaleza de los pueblos que conforman la nación colombiana.



5.    El autocuidado se construye con figuras propias de organización y defensa del territorio ( Consejos Comunitarios, Resguardos, Zonas de Reserva Campesina, Territorios Campesinos Agroalimentarios, Procesos Barriales)  y de las comunidades (Guardias Indígenas, Cimarronas, Campesinas, Obreras, Populares). Lo que el Estado niega, las comunidades se lo proveen por sí mismas.

En este marco, la Asamblea Legislativa Popular y de los Pueblos ha legislado de forma inicial para ser compartido y alimentado hacia adelante con la llegada de otros procesos en clave de unidad amplia. Resumiendo se ha legislado lo siguiente:

a.    Declarar apoyo al movimiento estudiantil y de defensa de la educación pública.
b.    Caracterizarse como antipatriarcal, antirracista, antimperialista y anticapitalista.
c.    Socializar en las regiones los mandatos de la asamblea, organizar comisiones de unidad y seguimiento al proceso.
d.    Declararse en Asamblea Permanente, con el fin de avanzar en los objetivos.
e.    Realizar movilización nacional en el primer semestre del año 2019.
f.     Construir una plataforma de carácter político no reivindicativo.

Para que los objetivos del proceso unitario que se pretende, sean logrados, se reconoce la necesidad de invitar a la mayor cantidad de fuerzas de todo orden alternativo y popular, incluir sus perspectivas y apuestas, avanzar en la construcción de la plataforma política común y en procesos permanentes de formación.

La invitación está abierta, y la conformación del bloque es necesario para la disputa con el establecimiento.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Legitimidad de la democracia colombiana y sus instituciones, o legalidad parcializada según la visión de las élites.

(Reflexión a partir de las declaraciones del jefe negociador del gobierno colombiano, en la instalación de la Mesa de Negociación de Quito – Ecuador).


Esta diversidad cósmica en el orden de la paz ha sido fuente de vida y de creación,
porque en los contactos, intercambios y conflictos entre diferencias y
diferentes se han ido formando dimensiones nuevas, funcionales o disfuncionales
para la continuidad de la existencia y para la infinita transmisión del
papel de la persona humana como hacedor de destinos y complejos culturales.

-Orlando Fals Borda-



Por : Carlos Mario Marín Ossa
@MarioossaM

En el año de mil novecientos noventa y cinco (1995), decía el ex constituyente y ex candidato presidencial conservador, Álvaro Gómez Hurtado, en un texto titulado “El Gobierno está preso del Régimen” que : “Hay países que, por encima del orden constitucional, [i] crean un régimen. Lo que los anglosajones llaman establecimiento. Se trata de un sistema de aprovechamiento de las posibilidades de mando y de los gajes de poder que crea una superestructura de connivencias que maneja la política e influye en todos los vericuetos de la vida civil. Está constituido por entidades privadas, por grupos no regulados, por compromisos económicos y también por instituciones que integran el sistema constitucional. Todos ellos participan, no en virtud de su importancia, sino de la magnitud de los provechos repartidos. No es un conjunto de solidaridades lo que les da cuerpo, sino un conglomerado de complicidades” [ii] .

Es un relato del diseño, desarrollo y práctica de la democracia colombiana, la más antigüa y estable del continente. Relato confesado por un exponente privilegiado de ese “Régimen”, de ese “establecimiento”.


Es claro que las posibilidades de mando de los gobiernos que en “democracia” nos han dirigido, son únicamente para las élites económicas y políticas que se remontan a la época de la colonia. Esas élites que develó Jorge Eliécer Gaitán como “el país político” o que llamó Camilo Torres de forma clara y como es “la oligarquía”.  Esas 24 familias que en la década de los años sesenta se repartían el poder. Esos hijos, hermanos, primos de presidentes, terratenientes, industriales y banqueros que llenan el Congreso de la República, las altas Cortes, que han obtenido la Presidencia de la República. Que son designados ministros de gabinete, cancilleres, cónsules, directores de departamentos administrativos y de empresas sociales e industriales del Estado. Aquí se dan las relaciones de complicidad  que reparte los provechos derivados de exprimir la teta del erario construido con la explotación ahora si, de la mayorías nacionales. De la población vulnerable, de los más pobres. Basta mirar los casos como Odebrecht, Reficar, Invercolsa, Dragacol, El carrusel de la contratación, entre cientos; donde aparecen como actores principales esos honorables exponentes de la élite económica y política, tradicional o emergida. Y copan todos los espacios de decisión de dichas fechorías, los espacios de control, investigación, juzgamiento y absolución.

Casi veintidós años después, Juan Camilo Restrepo, otro excelso representante de las clases dominantes, conservador también (cabe aclarar que en lo relativo a sus intereses, la élite política liberal, conservadora o con los nombres mimetizados en otros partidos, son lo mismo), confiesa a través de sus declaraciones que la “tal democracia colombiana no existe”. La participación del pueblo se escucha, se permite, pero NO es vinculante. Hay intereses que no se permitirá sean afectados. Por supuesto, intereses de las minorías. Del Régimen, del Establecimiento.


Ahora bien, si se busca una solución política, dialogada, al conflicto armado y social, se requieren cambios en las estructuras. Y esos cambios provienen de los acuerdos de las partes. Y en #Colombia las partes no son únicamente gobierno y guerrilla. También lo es la sociedad. Las razones son evidentes: esa sociedad, o pueblo, o mayorías pobres, son quienes reciben todo el efecto del conflicto social, de la injusticia, de la falta de educación, de la falta de salud, de la falta de trabajo, la falta de tierras y alimentos, la falta de vivienda digna, del pago injusto y creciente de impuestos, de la exclusión política, de la persecución política por pensar distinto. De ese pueblo o sociedad salen los combatientes ya sea para la guerrilla o para el ejército y policía.

Entonces, esa sociedad, ese pueblo tiene mucho que decir acerca de la realidad que viven, de las problemáticas que sufren, de los sueños que alimentan y de las soluciones que requieren. Ello se da con participación. Las soluciones son participación vinculante, con cambios estructurales. De lo contrario, esa sociedad, ese pueblo, no hace parte del contrato social. No tienen derechos [iii] realmente reconocidos y materialmente garantizados. No aparecen en el texto constitucional, en el consenso de los factores reales de poder [iv]. Y mientras esa sociedad, ese pueblo (que es mayoría) no haga parte de esa “Constitución” no tendrá reconocidos sus derechos y seguirá alimentando (y siendo víctima) el conflicto social y armado.

La ausencia estatal en los territorios ha empujado a que diversas organizaciones e “instituciones” deban hacerse cargo de tramitar las necesidades que surgen ante tal ausencia. Esa ausencia se da porque en esos territorios aunque las élites tienen intereses, no reconocen derechos. Por eso se generan factores de violencia.  La presencia de minería  facilita la aparición de grupos armados que buscan extraer rentas, al igual que en el caso de los cultivos ilícitos. El deficiente índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) habla de la marginalidad y la pobreza. La deficiente cobertura de vías terciarias dramatizan más la situación y son abono para la violencia. La deficiente presencia o ausencia de escuelas y juzgados contribuyen a atizar las condiciones del conflicto [v].


Todas estas cuestiones hacen parte del concepto de poder. Y aunque están quienes utilizando el poder legal que no legítimo, se han hecho a su institucionalidad ejecutiva, legislativa y judicial, y han defendido y garantizado sus intereses; también las mayorías han hecho uso del poder de hecho para obtener derechos y reivindicaciones. Así entonces,  “…si se lo mira de cerca (el poder), no es algo que se divide entre los que lo detentan como propiedad exclusiva y los que no lo tienen y lo sufren. El poder es, y debe ser, analizado como algo que circula  y funciona –por así decirlo –en cadena. Nunca está localizado aquí o allí, nunca está en las manos de alguien, nunca es apropiado como una riqueza o un bien. El poder funciona y se ejerce a través de una organización reticular. Y en sus mallas los individuos no sólo circulan, sino que están puestos en la condición de sufrirlo o ejercerlo…” [vi].

La participación que reclamamos vinculante es también una aspiración de poder. Podemos, debemos y tenemos el derecho a ejercerlo. Los mecanismos a través de los cuales ello se dé, determinan el curso y los alcances de las negociaciones y el grado y tipo de superación del conflicto. Aquí esas instituciones que Juan Camilo Restrepo llama “legítimas”, realmente son “legales”. Legales dentro de esas leyes que ha construido una pequeña facción de personas, pero en las cuales nada ha dicho la mayoría. Son instituciones que deberán modificarse, consensuarse, ajustarse a la llegada de un nuevo factor de poder. “O sea, una revolución, un cambio, así sea pacífico, requiere más que el instrumento jurídico. Pero lo que no podemos es abandonar el instrumento jurídico. Y eso es lo que nos enseña la historia, inclusive de los movimientos democráticos. Para poner un ejemplo, cuando en el Estado se requiere modificar las estructuras, además se deben modificar las instituciones, para modificar las estructuras. La modificación de las instituciones es el medio para lograr el cambio de las estructuras”.[vii]

La modificación de las instituciones no necesariamente es suficiente para superar el conflicto, pero es una necesidad sine qua non.



Cierro con una conclusión del movimiento social y popular colombiano acerca de esas prácticas que se viven y que avanzan en los territorios como expresión de hecho, pero que deben reflejarse también en el derecho como construcción de un nuevo país, de un nuevo gobierno nacional, democrático y en paz: “Contamos con una histórica concepción de poder popular que implica reconocer que la gente tiene el poder de decidir, de cambiar cosas en su vida, como su territorio y las dinámicas organizativas en las que se encuentran. Autodeterminación y autogestión son conceptos básicos de la construcción de poder popular. Esa concepción también cuenta con un método: desde la base, con la gente, construyendo consensos, potenciando organización, comprendiendo las contradicciones.

La construcción y materialización de mandatos ocupa un lugar especial en esta concepción; son los deseos y necesidades de la gente, convertidos en orientación para la acción política y para la vida. Deben seguir siendo las rutas de navegación. Así mismo, los planes de vida digna son una expresión de los mandatos que ya han avanzado en propuestas de autogobierno y gobierno.

Al pensarnos e involucrarnos en nuevos campos de lucha que consideramos necesarios para la transformación del país hoy – como es el Estado, la institucionalidad, la construcción de política pública o la política representativa-, los preceptos de nuestra propuesta de poder no deben eliminarse, sino potenciarse; teniendo en cuenta que la concepción y método para construir poder popular también implica la acción en ese campo. El poder popular es reserva estratégica del pueblo, acumulado para mandatar y avanzar con audacia en los nuevos retos” [viii].

Participación vinculante y cambios, son el horizonte de la construcción de una paz cierta y duradera.



[i] Subrayado del autor. No aparece en el texto original.
[ii] Álvaro Gómez Hurtado. El Gobierno está preso del “Régimen”. Disponible en el libro “Memorias para la democracia y la paz: veinte años de la Constitución Política de Colombia”. Camilo González Posso –compilador-. Alcaldía Mayor de Bogotá. Bogotá Humana. 2012.
[iii] El jurista Rodolfo Arango Rivadeneira, en exposición en la Universidad Libre de Pereira en el año 2014, explicaba que los derechos son “relaciones” entre personas o grupos.
[iv] Ferdinand Lassallé explica que los Factores Reales de Poder son esos grupos de interés que tienen la fuerza y cohesión suficientes, para pactar el reconocimiento de sus intereses (por lo tanto de sus derechos), reflejarlos en un texto y “Constituirlos” y “Constituirse” en derecho, en institución jurídica, en orden.
[v] León Valencia y Ariel Ávila. Los Retos del Postconflicto. Ediciones B Colombia S.A, 2016.
[vi] Michel Foucault. Poder, derecho y verdad. Disponible en el libro Poder V.S. Democracia. Fundación para la Investigación y la Cultura –FICA. 2004.
[vii] Jaime Araujo Rentería. La sociedad civil mira la paz. 2016
[viii] Congreso de los Pueblos, seminario político-ideológico nacional “Carlos Alberto Pedraza”. Conclusiones sobre Poder Popular: El poder es para hacer, y hacer es cambiar. El poder no es estar en un lugar. 2015

martes, 16 de junio de 2015

La nueva Constitución de Colombia tendría principios neofederales, descentralizantes y autonomistas.


Palabras de Orlando Fals Borda durante su participación en la Asamblea
Nacional Constituyente de 1991 en Colombia. De allí nació la actual
Constitución Política de Colombia. Aunque su participación fue
Fundamental en la determinación de conceptos como el
Ordenamiento territorial y la construcción del Poder
Popular a través de la democracia participativa,
Los posteriores representantes del Congreso,
Han impedido el desarrollo de varios de
Estos tópicos, en representación de
Las élites tradicionales[1].



Por. Orlando Fals Borda *[1]


Ante todo, quiero darles un testimonio y transmitir un deseo. Quizás algunos de ustedes recuerden que he escrito cosas fuertes contra la clase política de recinto con muchos de los más importantes exponentes de esa clase política a la que vi con tanto recelo.

Confieso que aún me siento deslumbrado por ello, y he tratado de sobreponerme escuchando y aprendiendo de todos ustedes. Es una gran experiencia. Pero lo más extraordinario ha sido descubrir otras facetas de la personalidad de aquellos políticos, aspectos sólo advertibles mediante el contacto directo. Con la vivencia que ahora tengo, esas personas están adquiriendo rostros más cordiales y humanos. Por lo menos aquellos con quienes he conversado en estos días intensos. Me están demostrando no sólo la proverbial inteligencia que se ha reconocido internacionalmente a los políticos colombianos, sino también una cierta apertura inesperada para comprender las situaciones nuevas, y para aceptar el surgimiento de los nuevos movimientos políticos que han retado al bipartidismo. ¿De buen grado? Unos más, otros menos. Pero me da la impresión de que muchos de ellos responden ante el país que marcha y buscan acomodarse a las actuales circunstancias de cambio, con un grato espíritu de patriotismo y de realismo político.

He tenido, pues, que empezar a corregir mi anterior visión satánica de la clase política, y ello me alegra como sociólogo y como colombiano. Porque quiero seguir abrigando la esperanza de que esta atmósfera constructiva y respetuosa que se respira en la hermandad de la Asamblea, continúe hasta el final. Que sigamos pensando más en las necesidades y urgencias de nuestros pueblos que en nosotros mismos, o en nuestros partidos como pudo ser antes. Que ese empeño de construir entre todos la Colombia nueva de que nos hablaran aquí los doctores Vásquez Carrizosa y Maturana, culmine en la fiesta de una patria en paz, con justicia y prosperidad.

Voy a seguir los pasos de los doctores Gómez, Calaz, Garzón y Rodado, para referirme también a la filosofía de la participación democrática, en vista de que nuestro mandato exige que el nuevo pacto político y social de los colombianos se dirija a construir una democracia participativa.  Como en el caso de otras ideas fundamentales, también esta se presta a diversas interpretaciones como ya lo hemos escuchado aquí. Ahora me permito ofrecer a esta Asamblea, como simple referencia y con todo respeto, algunas ideas pertinentes, sólo en aras de la mayor claridad que necesitamos para alcanzar coherencia ideológica en el texto constitucional final.

Empecemos por lo que muchos observadores sostienen sobre lo que no puede ser democracia participativa. Así, aunque fuera masiva, no lo fue la política de nazis y fascistas [2], que justificó la opresión y la manipulación de los pueblos europeos. Tampoco lo fueron los regímenes de Ferdinand Marcos y Augusto Pinochet, aunque así lo autoproclamaran. No lo es la política de tutelaje que mantiene en el poder a gobiernos democráticos amenazados por desequilibrios estructurales de la sociedad, como los nuestros, porque desconoce la esencia de la participación auténtica.

¿Cuál es esa esencia? Hay que partir de alguna fuente, especialmente de las que ofrece la autoridad histórica. Apelo por eso a la de Juan Jacobo Rousseau en El Contrato Social (Libro III, Cap. 18, Libro II, Cap. 3), el primero en plantear esta idea dentro de la tradición occidental. Recordemos rápidamente esos dos grandes ejes teóricos que ofreció Rousseau para definir a la democracia participativa: primero como un proceso educativo que implica la construcción de una sociedad participativa e igualitaria a partir de sus instituciones, con una formación congruente de actitudes y valores individuales; y segundo como un derecho de los ciudadanos para ejercer control  y vigilancia efectivos sobre sus representantes a todo nivel, con el fin de asegurar toda la vigencia de la “voluntad general”. Así ilustración y poder popular[3] son esenciales en este concepto, con la presencia activa y determinante de las gentes del común esclarecidas para el manejo de los intereses de la colectividad.

 Sobrevivió hasta nuestros días a pesar de incomprensiones, y apareció en diversas formas que fueron desde los primeros soviets de 1917, al desarrollo comunitario de las Filipinas de los años cincuenta que importamos aquí poco después, como “acción comunal” para que el caciquismo la desvirtuara. Estudiantes y sindicalistas la han enarbolado y, últimamente, por su trascendencia, ella ha sido tema de estudio serio en las ciencias políticas.

La discusión entre politólogos se ha centrado en ese punto: ¿es deseable o no, para la estabilidad de los gobiernos, que haya una mayor participación de los ciudadanos? Algunos neoliberales temerosos (Berelson, Huntington), sostienen que es peligroso aumentar el nivel de la participación popular y prefieren seguir alimentando democracias restringidas o limitadas, con mecanismos de tutelaje y represión armada. Otros aceptan que haya un matrimonio entre los mecanismos de representación electiva y los de participación directa, de lo cual salen los ya conocidos plebiscitos, referendos, juntas, talleres, consultas populares, cabildos y concejos. Hay dificultades obvias en este matrimonio, que proviene de la ilegitimidad de los actuales mecanismos de representación aún en países avanzados, así como de las prácticas políticas corrientes: gamonalismo, la líbido imperandi, la represión y persecución contra movimientos de masas, el clientelismo, las distancias entre las clases sociales, todo lo cual es antiparticipativo por antonomasia.

Recordemos que una condición de la participación auténtica es que de ella emerja un poder popular local, regional y nacional. Este poder ha sido dinamizador de movimientos sociales [4] y políticos, regionales, cívicos, comunales, culturales, ecológicos, femeninos, de indígenas, de negros, en muchos países. En Colombia, han dado un revolcón a la política partidista en sólo diez años de lucha. Muchos de esos movimientos postularon candidatos para esta Asamblea, y algunos lograron llegar [5], en lo que demostraron el valor de la organización y la resistencia práctica en la construcción de la democracia participativa.

Es evidente que esta democracia de participación, de las bases hacia arriba, de la periferia hacia los centros, ya se ha venido por ello implementando entre nosotros y que la Constitución nueva sólo deberá reconocerla, consagrarla e impulsarla. Se ha visto que resulta tanto o más importante practicar la democracia participativa de manera cotidiana, gradual y no violenta, desde ahora mismo y donde estemos, aún en esta misma Asamblea, que esperar a la toma total del poder para imponerla desde arriba a la fuerza, como fue diseño de muchos partidos en el pasado, y lo es desde la guerrilla activa. Porque la democracia participativa es, en el fondo, una filosofía de la vida, una actitud constructiva ante la realidad, una ética, una vivencia personal.

He dicho que hasta en esta misma Asamblea. En efecto, aquí ha habido esbozos prácticos de esta filosofía, como cuando implantamos consensos y cuando procedimos a elegir sucesivamente mesas directivas colegiadas. Esto rompió tradiciones rígidas, y es sintomático de nuestro tiempo. No me huele a componenda, como se ha dicho, que las nuevas formas de hacer política que surgen hoy incluyan un mayor y explícito reconocimiento de los derechos de las minorías a hacerse oír y sentir en corporaciones públicas como  esta, hasta hacernos remover las conciencias.

Pero no es necesario reducirnos a citar extranjeros de autoridad para justificar la decisión plebiscitaria del año pasado. También existen antecedentes participativos en nuestro propio pueblo., que tienen que ver con las tradiciones de la ayuda mutua y la solidaridad que aparecen espontáneamente en zonas de colonización campesina, en combos y palenques de negros y en resguardos y reservas indígenas; antecedentes que se relacionan también con los cabildos antiseñoriales y los cabildos abiertos de españoles y criollos. Hay muchos casos de  “republiquetas” autónomas que vienen desde el siglo pasado, no sólo los de El Pato y Guayabero.

La historia nos lo enseña. Hubo participación democrática en la elección de curas párrocos por los feligreses en 1851; las hubo en las comunas de autogobierno local que siguieron al asesinato de Gaitán; en las experiencias de búsqueda de la paz en el Caguán y en La India (Cimitarra) antes de ser destruídas por los paramilitares; en las tomas de tierras para baluartes campesinos de Córdoba y Sucre en los años setenta. Hubo asomos de democracia participativa, medio socialista, en el gobierno de Melo en 1854 y ella surgió por unos meses con las Leyes del Llano en 1953. Luego, si podemos realizar los ideales de la participación democrática auténtica, con lo que tenemos y con lo que somos.
Los movimientos sociales y regionales a que he aludido, como puntas de lanza de la participación popular, se inspiran en ideas tales como el respeto a la diversidad y a las identidades culturales, el altruismo, el pluralismo y la tolerancia, todo lo que ha hecho posible el avance de la civilización. Es el Rousseau contra el Hobbes del Leviatán al que aludió aquí el doctor Pastrana. ¿Qué tal que no fuera así entre nosotros? La violencia sería peor de lo que está, ni habrían ocurrido los portentosos hechos de la vuelta a la civilidad y a la paz del M-19, el PRT, el EPL y el Quintín Lame, que rompen la maligna tradición de la violencia en Colombia, ni se habrían registrado las valientes luchas por los derechos humanos y la heroica resistencia inerme de compañeros de la Unión Patriótica, hechos que rompen la maligna tradición de la violencia en Colombia.

Por último, muchos han señalado que los regímenes federativos conducen más a la democracia de participación que los centralistas. No es volver a los esquemas ya superados de los Estados soberanos del siglo pasado, sino el enriquecimiento de la unidad nacional con la diversidad regional que nos caracteriza como nación, y de lo cual debemos enorgullecernos. Parte de la violencia actual podría explicarse por la incongruencia entre disposiciones autoritarias y centralistas vigentes y la realidad autógena, las aspiraciones y necesidades de las poblaciones en sus regiones.

Si la nueva Constitución de Colombia ha de ser inspirada por la democracia participativa, como es nuestro mandato, ella tendría que inclinarse hacia principios neofederales, descentralizantes y autonomistas, como se expresa en el texto de la Alianza Democrática M-19 que acabamos de presentar a la consideración de esta Asamblea. Es muy gratificante que estos principios generales hayan sido acogidos por ilustres constituyentes, algunos de ellos mis vecinos de curul, como lo hemos escuchado en anteriores intervenciones.

Muchas gracias.


Abril 12 de 1991



[1] Introducción del Editor.
[1] Nació en Barranquilla, departamento del Atlántico (1925 – 2008). Doctor en Sociología de la Universidad Nacional de Colombia. Historiador, investigador del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Nacional y escritor. Miembro de la Comisión de Límites con Venezuela. Miembro de la Comisión Segunda de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Desarrollador de la metodología Investigación, Acción Participativa (IAP). Cofundador de varios partidos de izquierda democrática como la Alianza Democrática M19 y del Polo Democrático Alternativo.
[2] Guardando las distancias, los consejos comunitarios del gobierno colombiano entre 2002 y 2010 tampoco son muestra y práctica de democracia participativa, ya que la voluntad del constituyente primario en la práctica no se tiene en cuenta, por cuanto la delegación del primer mandatario en subalternos, para que presuntamente dieran respuesta a las demandas de los asistentes, no se materializaban, como lo testimonian numerosos casos. En muchos de estos espacios, la asistencia era dirigida por los organizadores. (Nota del Editor).
[3] Subrayado del editor.
[4] Como ocurrió en abril de 2014, cuando la participación del movimiento agrario y campesino colombiano, así como de los movimientos urbanos nacionales, dieron nacimiento al proceso nacional de convergencia social y política CUMBRE AGRARIA, CAMPESINA ÉTNICA Y POPULAR. (Nota del Editor).
[5] También en 2014 el movimiento campesino y popular colombiano logró llevar al Senado de la República para el período Constitucional 2014 – 2018, a un campesino, salido desde los procesos sociales y de la fuerza política P.U.P que hace parte del POLO DEMOCRÁTICO ALTERNATIVO. (Nota del Editor).