jueves, 16 de julio de 2015

Los Míos

Por: Carlos Mario Marín Ossa
        @MarioossaM




Yo no escribo para los poderosos, ni para los petulantes. Tampoco para los traidores. Yo escribo para los míos. Escribo para la gente sencilla, para aquellas personas que tienen la sensibilidad de la vida, para los que se asombran mirando las nubes, el sol, las flores, la sonrisa y los juegos desprevenidos de los niños o las arrugas de los ancianos.  Para los que aman los animales, los que siembran la comida, los que defienden la dignidad, los que se rebelan contra los oprobios, para aquellas personas que siguen el camino espinoso, para los que caminan el mundo y viven la vida.

A veces lo hago con la intención de dejar un mensaje, tal vez algún aprendizaje que a alguien pueda servir. Otras veces para entonar homenajes a quien lo merece. Otras tantas, como reacción crítica ante la injusticia y la mezquindad. En ocasiones y de forma privada a quien me toca el corazón y el alma.

Las personas de mis mayores afectos, son y han sido gente del pueblo. Sólo he encontrado honestidad real – incluso en la expresión de sus defectos – entre las personas más humildes, entre aquellos y aquellas que desde su nacimiento se debaten ante la incertidumbre y la injusticia. Aquellas gentes que conocen la solidaridad de compartir una bicicleta con otros, que deben montarla por turnos para que varios y varias puedan disfrutarla; como conocen de heredar los pantalones, las camisas, las faldas y los zapatos a los más chicos, o que han sido herederos de las prendas de los mayores. Entre esas personas he conocido a los luchadores por los derechos, a los defensores de la dignidad colectiva.

Las gentes de mi pueblo comparten la comida, no la que les sobra sino la que les hace falta. Comparten la cobija y los sueños. Comparten incluso el vino de mora que destilan. Y lo tomamos en el mismo vaso y de él tomamos los convocados, mientras charlamos sentados en un parque o en un andén, en una loma o mientras recorremos un camino. Son edenes a los que no están llamados todos.

La gente de mi pueblo tiene los ojos limpios, tan limpios que hasta enseñan la desconfianza o la amargura. Pero también la alegría y la esperanza.

Por eso renace la fe y nunca se agota.

Las turbulencias de la vida me han llevado ante los espacios de los poderosos, de sus lacayos, de sus esquiroles, Allí he comprobado como la vanidad, la mezquindad y la mentira se conjugan como un coctel amargo que se pasa entre risas de falsedad mientras intentan engullirse al más descuidado, para apoderarse de lo que tiene. Porque entre los poderosos y sus esbirros no se da ni lo que sobra. Nunca puede adivinarse la intención tras la sonrisa. La mirada siempre va varios centímetros por encima del pueblo. Habitan una burbuja que no toca ni el cielo ni la tierra. Son tibios, pusilánimes y violentos.

Más cerca de estos están esos falsos profetas que se presentan como protectores de las gentes populares, que buscan con afán el reconocimiento para satisfacer su vanidad        – vanitas vanitatis – pero que atentan con su proceder contra toda posibilidad de emancipación de los míos. La máscara no dura, porque bien lo decía Gaitán: El Pueblo es superior a sus dirigentes. El pueblo no necesita dirigentes vanos ni envanecidos, no necesita suplir a una clase de opresor con otra clase, decía Camilo. Necesita compañeros de lucha y de camino. El compromiso desnuda los falsos discursos. Por sus obras los conoceréis.

Entre los combos de metaleros, punks, hippies, campesinos, bases étnicas y  desarrapados; he conocido mejores seres humanos, más sensibles, personas más honestas y comprometidas con su entorno y con sus familias que entre los ejecutivos de corporaciones seculares o de iluminación divina. Tampoco se halla tal valor entre los patrones mafiosos de los grandes latifundios. Mis mejores afectos se encuentran entre estas gentes diferentes y transgresoras.

La tibieza de una mirada inocente, esperanzada y profunda – de esas miradas insondables que no se recorren en una eternidad – no tiene conversión monetaria. No se adquiere esa experiencia con Masterd Card.

Por eso a veces renuncio a escribir acerca de tecnicismos y estadísticas. Muchas veces la intelectualidad se convierte en una trampa donde se ahoga la humanidad.

Hoy prefiero referirme a esa gente que camina conmigo por calles, por veredas, por montañas. Esa gente que cuando se despide, la veo alejarse con su silueta delgada y mirando hacia el frente, absorta en sus convulsiones internas, en sus grandes y pequeñas utopías. Esas personas son mi familia, esa familia que se construye, se apoya y se defiende. Esa gente con la que preparo alimentos compartidos, con la que bebo del mismo vaso. Esos y esas son los míos.