lunes, 4 de mayo de 2015

NO NOS LLAMEMOS A ENGAÑOS


Por: Carlos Mario Marín Ossa

        @MarioossaM

 

En medio de un contexto de agitación política debido a las elecciones territoriales que se avecinan y en donde se juega el poder que establecido determinará el rumbo del país para los próximos años,  de las condenas cada vez más numerosas y sistemáticas del círculo de amigos, subalternos y colaboradores de un reconocido expresidente, del avance del proceso de dejación de armas y desmovilización por parte de las FARC, del  avance y profundización de las políticas neoliberales en este país a instancia de los gobiernos  de las élites económicas de Colombia; veo de nuevo a través de la televisión de canales privados, un documental acerca de la historia criminal de Pablo Escobar Gaviria, los asesinatos de líderes políticos en la década de los años ochenta y el rumbo que tomó el país en manos de un presidente que se encontró el puesto durante un funeral, que nos dio la “bienvenida al futuro” y que hoy nos tiene en ese futuro que ahora no gusta.

 

En este documental como en tantos otros documentos de orden oficial, uno de los planteamientos recurrentes es que Escobar como otros narcotraficantes eran y son los mayores enemigos del Estado y del Pueblo, que son y han sido algo así como la causa de todos los males y del estado de postración de la nación.

 

Sin desconocer que el poder corruptor del dinero del narcotráfico ha causado grandes males en todos los ámbitos, no se puede caer en la trampa de entender este sólo tópico como el gran mal nacional. El mayor mal y causa de todos los problemas que como Nación hemos atravesado a lo largo de nuestra historia es la gran desigualdad social y económica fomentada por un pequeño grupo de familias de la élite criolla, que desde los albores de la colonia se apoderaron de la riqueza nacional a través del despojo de los habitantes originarios y posteriormente de la explotación de los demás colombianos de cualquier extracción social diferente a la suya. Esas élites y la desigualdad que han promovido, son los generadores de fenómenos criminales como el tráfico de estupefacientes y de quienes a través de él han encontrado el camino para salir de la miseria aun cuando sea delinquiendo.

Esa pequeña élite ha sido la real promotora del odio de clases que llevó a grandes sectores de campesinos, obreros y desposeídos a movilizarse y exigir el reconocimiento de sus derechos durante el siglo veinte, pero también a tener que esconderse y armarse para impedir su asesinato sistemático cuando en las décadas de los treinta y cuarenta se decidieron a invadir las tierras de latifundio que se encontraban sin explotación económica mientras millones de campesinos morían de hambre en los campos, pueblos y veredas como en los barrios humildes de las ciudades.

Esas élites han utilizado todos los medios para mantener y aumentar la brecha de desigualdad social, como forma de mantener el disfrute de sus prebendas y su nivel de opulencia y derroche. Las élites han utilizado el fraude electoral a través de la corrupción del dinero, cuando esto no ha sido suficiente han utilizado la violencia de las armas tanto del Estado como las paramilitares. Otra de las formas que utiliza la élite es la del adoctrinamiento de las clases populares para convencerlas acerca de que los voceros de dichas élites y sus partidos representan los intereses de estos pobres crédulos. Es inconcebible ver a un colombiano de las clases populares militando en los partidos políticos de la oligarquía nacional. La religión ha sido otra arma utilizada por la élite para dominar la mente y el corazón del sector popular.

Las élites auparon y sustentaron el acceso de los sectores medios relacionados con el narcotráfico, a los niveles de representación política colegiada y a las administraciones de todos los órdenes territoriales. Esto con el fin de utilizar el conocimiento criminal de estos sectores para coaccionar al electorado humilde y para garantizar el saqueo del erario. Esta opinión se puede apoyar en innumerables documentos periodísticos, históricos e investigativos. Es conocido – aunque oficialmente no se exponga – que en diferentes períodos “honorables” empresarios y colombianos de élite se beneficiaron del dinero del narcotráfico y acrecentaron sus fortunas o salvaron los tiempos de crisis económica a través de este medio. Hoy en todo el país se escuchan voces de esas élites, que claman por recuperar la dignidad nacional, de departamentos y municipios, ahora que esos sectores de “nuevos ricos” que una vez utilizaron para manipular la política y atracar los dineros públicos se les salieron de las manos y ni siquiera respetan su alcurnia y pedigree.

La salud, la educación, los recursos naturales renovables y no renovables, la tierra, la siembra de alimentos, la micro, pequeña y mediana empresa nacional, la vivienda, el trabajo y el futuro de las grandes mayorías han sido el objetivo de explotación y abuso por parte de esas élites para enriquecerse de forma continuada e incluso violan cualquier concepto y sentimiento de patriotismo y soberanía al permitir que los extranjeros determinen nuestras políticas y exploten nuestros recursos y a nuestras gentes.

Si existe un gran mal nacional, ese es el proceder de esas élites. La solución debe ser en consecuencia su remoción de los escenarios de poder y su reemplazo por voceros de los intereses de las mayorías del pueblo. La conciencia de que tenemos el derecho y el convencimiento de que podemos, debe llevarnos a avanzar en la toma del poder político para así convertir los intereses populares en derecho, sin renunciar a la utilizaciones de las acciones movilizatorias y unitarias.

En este escenario preelectoral comenzarán a presentarnos cualquier cantidad de espejismos, pero no podemos equivocarnos : no es con los partidos de las élites, ni con los partidos de los nuevos ricos que encontraremos las soluciones a los grandes males. Las alianzas contra un saqueador para colocar a otro saqueador o a su representante son tan útiles como la alianza que hizo el gobierno con unos narcos para salir de otro narco.

El destino popular está en nuestras manos, pero debemos convencernos de que podemos y decidirnos a hacerlo.