lunes, 23 de agosto de 2021

Todo sueño tiene alma

 


Vemos la luz en el inicio, incluso con los ojos cerrados. La vida se nos revela como una película a veinticuatro cuadros por segundo, sin tener conciencia de dónde estamos  y para qué estamos aquí. Y esa sucesión de tiempo avanza de forma irreductible, entre la tragicomedia que los demás componen y representan como una canción a donde llegamos buscando ser.

En cualquier pueblo del mundo, enclavado en la montañas de los Andes, en tierra de café y música;  nace una niña, y con ella un sueño.

Ese pueblo es una comarca de calles atestadas de gentes que buscan la vida y la comida, el sexo y el disfrute, el salario y el mercado; sobreviviendo antes de la era digital en una película a treinta cuadros por segundo; condiciones de las gentes simples que como cantó Don Antonio Machado

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra”.

La niña en mención nace y crece como tantos, y como tantos, camina las calles de ese pueblo que la vio llegar al mundo. Crece y ríe, se enamora y ríe, llora y ríe, se desenamora y ríe, se cae, se levanta; y ríe.

La vida es una canción y una metáfora del cosmos. Es poesía y música, es un sueño. Para soñar es necesario tener un alma grande y fuerte; pero para hacerlo realidad  es necesario ser valiente. Allí se pasa de ser simple a ser canto, a ser música, a ser una metáfora de lo sublime. Y “con las metáforas no se juega - como lo dijo Milán Kundera -, de una metáfora puede nacer el amor”.

Un día cualquiera, en medio de las reuniones con amigos, al calor de una cerveza, sentados en un parque, puede tomar fuerza un sueño. Pero este debe verse como una película a veinticuatro cuadros por segundo y no a treinta, porque el mismo está enmarcado en el romanticismo. Sin esta condición, el sueño no tiene la misma trascendencia, porque no hace parte del vértigo del consumo y de la modernidad, sino antes bien, hace parte de la profundidad del compartir, de la amistad, de la capacidad de ser para uno y con otros, del amor. El sueño necesariamente tiene que ver con la música y con la felicidad, con dar y recibir; y puede ser un bar. Para que haga parte de esa cinta de lo romántico y lo inefable, de esa caja negra de lo onírico, debe ser de rock.

Bares hay tantos alrededor del mundo: oscuros, marginales, lumpescos; o bien, llenos de luces de neón y carcajadas, de ropas de moda y  superficialidad.. Pero cuando un bar es el resultado de un sueño trajinado a través de la vida, de los aciertos, los desaciertos y de los desconciertos; necesariamente tiene que tener alma, y en este caso alma de mujer.  

Un dieciocho de agosto de cualquier año, el sueño se hace realidad; y se convierte en la vida misma, en metáfora y epifanía. Se convierte en arte del tiempo y el espacio. Allí se conjugan la belleza, la verdad y la bondad. Entonces, los detalles y las gentes hacen parte de ese mundo creado y recreado a partir de la existencia; de los aciertos, los desaciertos y los desconciertos. Ahora es una realidad.

Y es así que, a través de los caminos de este mundo, un hombre sin nombre y sin edad se lo encuentra; se le convierte en una revelación, y debe contar lo que ha visto.

Este sueño llega a cumplir tres años de realizarse, con la expectativa de cumplir muchos más, porque ahora abre sus alas para cobijar a muchos caminantes, para ofrecer refugio y deleite, paz y esperanza. Como todo lo concreto tiene nombre y ubicación, como todo lo soñado, es inconmensurable. Elkin Ramírez – El Titán – cantó que “todo hombre es una historia”.

Esta historia soñada y contada tiene alma de mujer, se llama Yesterday; y se encuentra en Pereira, Colombia.


@MarioossaM

lunes, 10 de mayo de 2021

Hoy lloramos


 

Hoy el cielo lloró porque Lucas se despedía de su última lucha. Lloró de una forma tenue y sostenida, como cuando un dolor nos carcome muy adentro, como cuando las fuerzas sólo nos alcanzan para ir soltando nuestra angustia de a pocos. Lloramos, y el diluvio que llevamos dentro va llenando las honduras del alma, y no termina nunca de vaciarse.

Lucas se va fundiendo con el cosmos, con las gotas de lluvia, con el sol de mañana, con las aves que despiden el día. Su sonrisa está suspendida en el aire, su mágica alegría está enredada entre las ramas de los árboles. Arriba, por los cielos, pasa el helicóptero de los asesinos, con los verdugos dentro. Lo manejan las manos amputadas de quienes dispararon contra el Pueblo que los vio nacer. Las entrañas que parieron a los monstruos están secas, como secas están las almas y las bocas de quienes dieron la orden de forma soterrada. Las biblias con que rezan tienen las hojas podridas de odio y de soberbia. De allí salen versos de maldad disfrazada de armonía. Los asesinos ya no tienen sombra, porque no son humanos. Respiran pero sus ojos están opacos, porque están muertos por dentro.
A muchos kilómetros de distancia, encerrado en sus haciendas y riquezas materiales, un hombre vil y malvado desvaría con la muerte. Esa es su divisa. La maldad carcome su rostro y sus vísceras. Antes de morir intentará matar la alegría y la esperanza. Pero estas son semillas que se aferran a la vida, y el sol sale cada día. Allí pierde el asesino de miles.
Hoy estamos tristes, lloramos. El cielo está opaco, la noche apesadumbrada, el aire espeso, difícil de respirar. Lucas se funde con la tierra, con el agua, y las aves les prestan sus alas. Vuela hacia la memoria de los tiempos, de las gentes que reirán mañana, y cantarán sus canciones y bailarán sus bailes.
Los que dispararon ya se consumieron el pago en licor y en drogas. Los que pagaron para que dispararan se están comiendo un manjar a manteles, pero tiene un sabor agrio, porque su boca es amarga. El retrato que tienen en su sala ha cambiado. Ahora la maldad que disimulan con sus trajes de diseñador se refleja en los rostros de sus retratos, y quedará como herencia para sus hijos que verán como fueron de crueles y criminales sus padres; que entenderán algún día que los privilegios que les fueron dados costaron la vida y la risa, y el llanto de millones. Ese es el legado que recibirán los hijos de los asesinos.
Hoy lloramos, pero mañana sale el sol de nuevo. Y volverán a sonar los tambores y las guitarras. Y los amantes se besarán de nuevo. Mañana sale el sol, y leeremos de nuevo poesía, y cantaremos las canciones de Lucas, y volveremos a la Lucha, y seremos semilla de nuevo. Pero hoy lloramos.

@MarioossaM

lunes, 22 de marzo de 2021

Ayer, el rock

 



En la década de los noventa caminábamos las calles en busca de las musas, recorríamos Dosquebradas y Pereira metidos entre unos jeans desteñidos, camisetas negras sin mangas o con los logos de las bandas de rock que admirábamos, los cabellos largos, chaquetas roqueras, cerveza y cigarrillos.

Emergíamos de los barrios obreros en donde viven las clases subordinadas y comenzábamos a tener al frente el panorama de cómo ganarnos la vida y adquirir las responsabilidades de la adultez. Los señores de la guerra que ya nos tenían metidos en el horror neoliberal y la venta de todos nuestros derechos sociales, habían hipotecado el futuro de nuestra generación y de las siguientes.

Pero contábamos con las divinidades inspiradoras de las artes, con las musas, con la música. Los hijos de la clase obrera encontramos en el Rock aquel refugio para no sucumbir ante la injusticia y las adversidades que nos dosificaban desde los altos círculos del poder. Las letras que hablan de amor, que rechazan la guerra, que señalan a los amos que quieren acabar con el planeta, palabras que desprecian y ridiculizan a quienes se parapetan en su superioridad heredada, para abusar de los más débiles. Allí descubrimos lo excelso del placer estético, de la amistad, de la juntanza de rebeldías, del destino común.

La escena roquera en Pereira y Dosquebradas tuvo un punto alto en aquella década. Hombres y mujeres compartimos bandas y bares, vimos crecer, alcanzar la fama y el reconocimiento a Kraken y a La Pestilencia, a Tránsito Libre, orgullo de nuestra comarca. Pero el rock nunca se ha apagado en la Perla y sus confines. Ha estado ahí presente, en los radios de las casas, en los bares, en los corazones, las mentes y las gargantas.

La segunda década del siglo veintiuno nos regaló el festival Convivencia Rock, que se realizaba en el Parque Olaya Herrera, el cual luego fue despreciado y acabado por esa clase emergente que tiene hilos comunicantes con los señores de Medellín, Cali y el Norte del Valle de los años ochenta y noventa, que sumieron a este país en sangre, los mismos que se disgustan ante el libre pensamiento y ante las manifestaciones culturales que agrupan al diferente, al excéntrico, al amoroso, al iconoclasta. Pero el Rock seguía ahí, como una semilla que aprovecha cualquier rayo de sol, cualquier gota de agua, para crecer rompiendo el pavimento.



Y nos llegó lo que jamás hubiéramos esperado: una pandemia, o la declaración “oficial” de la misma. Con el miedo, también se visualizó mejor la pandemia de la indiferencia y la mezquindad gubernamental, del sálvese quien pueda. Sacrificado el empresariado pequeño y los artistas; aquellos que en verdad han construido esta Nación. Los que están en las grandes oficinas y que devengan jugosos salarios extraídos de nuestro sudor, esos, sólo reparten dolor. Pero el Rock seguía ahí, esperando que recordáramos lo que es y puede la semilla de la solidaridad, de la amistad, del amor por lo que hacemos y en lo que creemos. Y en esta comarca risaraldense se juntó la gente para exigir su derecho al trabajo, a la cultura, a vigorizar los sueños. Nació Unidos por el Rock.

Entonces, un sábado de marzo de esta etapa pandémica, recogimos de nuevo los sueños, los recuerdos; nos vestimos los jeans y los tenis. Y esos niños que recorrían las calles húmedas de lluvia en las noches lejanas de los noventa, nos devolvieron su mirada desde el espejo. Volvimos a recorrer las calles en la noche pereirana, buscando el camino del suroccidente, como una señal de los tiempos; buscando un bar ubicado en el popular barrio Cuba, en donde la escena roquera iba a tener un nuevo capítulo.

Y hubo encuentro de viejas y nuevas amistades, la presencia de la diversidad en el Rock y en la ciudad, nos reencontramos con la estética del bar y sus detalles minuciosos, los ambientes bien creados y cuidados, que hablan del amor por lo que se hace; nos encontramos con la estética, la calidad y la potencia de la música, de los músicos, que hablan del amor por lo que se hace. Pasamos a escuchar la música de Kraken y su silencioso amor, dimos una vuelta por el trash de Metallica, viajamos al sur con Rata Blanca y nos dimos otra vuelta por el tiempo en busca de la sicodelia de Deep Purple y su Smoke on the water. Un viaje onírico a través del arte de las musas, una noche en donde recordamos de nuevo que la alegría nos salva de la indiferencia y que los hijos e hijas de los obreros tenemos al Rock como el refugio fiel que no nos abandona.



Como en la canción de The Beatles y cuyo nombre tiene el Bar del acontecimiento, regresamos a casa cantando “…now i need a place to hiden away, oh, i believe in Yesterday…”

 

@MarioossaM