viernes, 31 de marzo de 2017

La Mujer del Animal

@MarioossaM





El cine me gusta.

Me gusta, porque me seducen las historias. Y hace parte de una historia la fotografía, el vestuario, el medio ambiente y los actores de la misma. Son elementos en los que acostumbro fijarme para decidirme a ver una película, sumando a lo anterior de forma muy  especial la indagación de cuál es el director o directora para finiquitar dicho proceso decisorio.

No soy culto en asuntos de arte y menos de cinematografía. Gusto de las artes sin tener erudición, por el simple hecho de que me hagan sentir.

Es así que sin permitirme entrar en un estado de tranquila reflexión, es decir, con toda la agitación intacta luego de haber visto la película “La mujer del Animal” del director colombiano Víctor Gaviria; me lancé a escribir mi impresión sobre la misma, sentado en el sitio donde he vivido algunos de los momentos más sublimes de la vida: una cama.

Y confieso que sin evaluar fotografía, dirección, casting y otros elementos, el impacto de la película es la historia vista y vivida durante las dos horas que dura. Es una película brutal, salvaje, totalmente cruda, sin concesiones dulces o románticas, no tiene ni un ápice de piedad con el espectador. Es la historia y espejo de nuestro país.

Es una historia sobre el miedo, sobre la maldad en su máxima expresión, sobre la complicidad criminal y sobre la lucha por la dignidad. En esta historia la dignidad tiene nombre, se llama Amparo. Es una historia política. Tal vez con sólo ver esta película, una persona podría ahorrarse los diez semestres de politología y muchos años de práctica profesional.

El sometimiento de un ser humano - en este caso una mujer – a las peores atrocidades sobre su vida, sobre su libertad, sobre su dignidad, sobre su cuerpo. Y la historia que se basa en hechos reales, le ocurre en Colombia a la mujer. Y le ocurre por ser mujer Prevanlentemente a la mujer pobre, lo que no quiere decir que a la mujer de posición económica acomodada no le ocurra.

La mujer que en esta democrática y casi desarrollada nación colombiana es víctima del macho, que a su vez es secundado por algunas mujeres como la madre del protagonista de la historia. El contexto además del machismo, es la miseria, el hambre y la ignorancia. Es causa y efecto, es la reproducción infinita del mal.

Mientras esperaba la función de nueve y media de la noche, se salió de la sala un señor entrado en años a la mitad de la función que estaba en curso, con aire enfadado por el exceso del hijueputa y malparida en la película. No mencionó que su enfado surgiera de ser testigo del secuestro, violaciones e ignominias a las que son sometidas las mujeres en esta historia. Yo conozco sectores muy populares en donde ese exactamente es lenguaje cotidiano y permanente, al igual que muchas de las actitudes que se presentan en la película. Así somos. No pretendo señalar al señor de marras como machista o reproductor de tales conductas. Sólo presento los señalamientos que el mismo manifestó a quienes esperábamos la siguiente función.

Por eso al ver la película y vivir los secuestros, violaciones e infinidad de oprobios inflingidos a las mujeres, pero en especial a la protagonista, a la vista de todos los vecinos de un barrio de invasión que existe en todos los rincones de Colombia; me fue imposible no sentir un impacto brutal como nunca he sentido ante ninguna otra película. Pude observar al prenderse las luces del teatro, que los demás asistentes también fueron impactados con severidad.

Creo que es lógico que así ocurriera. Es una historia que como en mi caso sé que existe, le ocurrió con variantes a mujeres de mi familia aunque jamás lo había presenciado. Sólo conocía las historias de oídas. Por eso, esta película la vivimos los asistentes. Algunos como en mi caso, por primera vez en la vida. Pero me atrevo a afirmar que había personas que la habían vivido muchas veces. La mujer del animal me puso frente a los ojos las escenas que yo sé que sufrieron algunas de las mujeres que quiero y he querido. Y en el momento de escribir estas líneas, uno de los ingredientes del texto son las lágrimas y la indignación.

Víctor Gaviria nos puso el espejo al frente. Debemos confesar como hombres, que todos hemos sido un poco el Animal en algún momento.

Lo que ocurre en esta historia, lo permite el miedo. La indiferencia de quienes saben lo que ocurre y no actúan, la permite el miedo. La maldad profunda y demencial de los victimarios, la permite el miedo.

Extrapolando la victimización de las mujeres de la historia, que son mujeres colombianas y que son víctimas diarias hoy mismo; es la misma victimización que sufrimos como pueblo por parte de los victimarios que han gobernado. Hay muchas formas de secuestrar, violar, inflingir agravios físicos y mentales, condenar al hambre, apropiarse de la vida, de la dignidad y del cuerpo de las personas. Hay muchos Animales con vestido de paño y corbata, con uniforme y galones, incluso con sotana y libro sagrado. El miedo lo permite.

Y por eso, hay que alzar la voz, hay que alzar el puño, hay que mirar al miedo a la cara y superarlo.

Vi la conmoción en los rostros de hombres y mujeres a la salida del teatro, vi las lágrimas rodando por el rostro principalmente de varias mujeres.


Este espejo ante el cual nos colocaron, ojalá nos sirva para cambiar esa realidad brutal, para no permitir y ante todo no tolerar a ningún Animal, cuando aparezcan, enfrentarlos;  y asumir a esas compañeras que tenemos en este mundo, igual que nosotros: como seres humanos.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Legitimidad de la democracia colombiana y sus instituciones, o legalidad parcializada según la visión de las élites.

(Reflexión a partir de las declaraciones del jefe negociador del gobierno colombiano, en la instalación de la Mesa de Negociación de Quito – Ecuador).


Esta diversidad cósmica en el orden de la paz ha sido fuente de vida y de creación,
porque en los contactos, intercambios y conflictos entre diferencias y
diferentes se han ido formando dimensiones nuevas, funcionales o disfuncionales
para la continuidad de la existencia y para la infinita transmisión del
papel de la persona humana como hacedor de destinos y complejos culturales.

-Orlando Fals Borda-



Por : Carlos Mario Marín Ossa
@MarioossaM

En el año de mil novecientos noventa y cinco (1995), decía el ex constituyente y ex candidato presidencial conservador, Álvaro Gómez Hurtado, en un texto titulado “El Gobierno está preso del Régimen” que : “Hay países que, por encima del orden constitucional, [i] crean un régimen. Lo que los anglosajones llaman establecimiento. Se trata de un sistema de aprovechamiento de las posibilidades de mando y de los gajes de poder que crea una superestructura de connivencias que maneja la política e influye en todos los vericuetos de la vida civil. Está constituido por entidades privadas, por grupos no regulados, por compromisos económicos y también por instituciones que integran el sistema constitucional. Todos ellos participan, no en virtud de su importancia, sino de la magnitud de los provechos repartidos. No es un conjunto de solidaridades lo que les da cuerpo, sino un conglomerado de complicidades” [ii] .

Es un relato del diseño, desarrollo y práctica de la democracia colombiana, la más antigüa y estable del continente. Relato confesado por un exponente privilegiado de ese “Régimen”, de ese “establecimiento”.


Es claro que las posibilidades de mando de los gobiernos que en “democracia” nos han dirigido, son únicamente para las élites económicas y políticas que se remontan a la época de la colonia. Esas élites que develó Jorge Eliécer Gaitán como “el país político” o que llamó Camilo Torres de forma clara y como es “la oligarquía”.  Esas 24 familias que en la década de los años sesenta se repartían el poder. Esos hijos, hermanos, primos de presidentes, terratenientes, industriales y banqueros que llenan el Congreso de la República, las altas Cortes, que han obtenido la Presidencia de la República. Que son designados ministros de gabinete, cancilleres, cónsules, directores de departamentos administrativos y de empresas sociales e industriales del Estado. Aquí se dan las relaciones de complicidad  que reparte los provechos derivados de exprimir la teta del erario construido con la explotación ahora si, de la mayorías nacionales. De la población vulnerable, de los más pobres. Basta mirar los casos como Odebrecht, Reficar, Invercolsa, Dragacol, El carrusel de la contratación, entre cientos; donde aparecen como actores principales esos honorables exponentes de la élite económica y política, tradicional o emergida. Y copan todos los espacios de decisión de dichas fechorías, los espacios de control, investigación, juzgamiento y absolución.

Casi veintidós años después, Juan Camilo Restrepo, otro excelso representante de las clases dominantes, conservador también (cabe aclarar que en lo relativo a sus intereses, la élite política liberal, conservadora o con los nombres mimetizados en otros partidos, son lo mismo), confiesa a través de sus declaraciones que la “tal democracia colombiana no existe”. La participación del pueblo se escucha, se permite, pero NO es vinculante. Hay intereses que no se permitirá sean afectados. Por supuesto, intereses de las minorías. Del Régimen, del Establecimiento.


Ahora bien, si se busca una solución política, dialogada, al conflicto armado y social, se requieren cambios en las estructuras. Y esos cambios provienen de los acuerdos de las partes. Y en #Colombia las partes no son únicamente gobierno y guerrilla. También lo es la sociedad. Las razones son evidentes: esa sociedad, o pueblo, o mayorías pobres, son quienes reciben todo el efecto del conflicto social, de la injusticia, de la falta de educación, de la falta de salud, de la falta de trabajo, la falta de tierras y alimentos, la falta de vivienda digna, del pago injusto y creciente de impuestos, de la exclusión política, de la persecución política por pensar distinto. De ese pueblo o sociedad salen los combatientes ya sea para la guerrilla o para el ejército y policía.

Entonces, esa sociedad, ese pueblo tiene mucho que decir acerca de la realidad que viven, de las problemáticas que sufren, de los sueños que alimentan y de las soluciones que requieren. Ello se da con participación. Las soluciones son participación vinculante, con cambios estructurales. De lo contrario, esa sociedad, ese pueblo, no hace parte del contrato social. No tienen derechos [iii] realmente reconocidos y materialmente garantizados. No aparecen en el texto constitucional, en el consenso de los factores reales de poder [iv]. Y mientras esa sociedad, ese pueblo (que es mayoría) no haga parte de esa “Constitución” no tendrá reconocidos sus derechos y seguirá alimentando (y siendo víctima) el conflicto social y armado.

La ausencia estatal en los territorios ha empujado a que diversas organizaciones e “instituciones” deban hacerse cargo de tramitar las necesidades que surgen ante tal ausencia. Esa ausencia se da porque en esos territorios aunque las élites tienen intereses, no reconocen derechos. Por eso se generan factores de violencia.  La presencia de minería  facilita la aparición de grupos armados que buscan extraer rentas, al igual que en el caso de los cultivos ilícitos. El deficiente índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) habla de la marginalidad y la pobreza. La deficiente cobertura de vías terciarias dramatizan más la situación y son abono para la violencia. La deficiente presencia o ausencia de escuelas y juzgados contribuyen a atizar las condiciones del conflicto [v].


Todas estas cuestiones hacen parte del concepto de poder. Y aunque están quienes utilizando el poder legal que no legítimo, se han hecho a su institucionalidad ejecutiva, legislativa y judicial, y han defendido y garantizado sus intereses; también las mayorías han hecho uso del poder de hecho para obtener derechos y reivindicaciones. Así entonces,  “…si se lo mira de cerca (el poder), no es algo que se divide entre los que lo detentan como propiedad exclusiva y los que no lo tienen y lo sufren. El poder es, y debe ser, analizado como algo que circula  y funciona –por así decirlo –en cadena. Nunca está localizado aquí o allí, nunca está en las manos de alguien, nunca es apropiado como una riqueza o un bien. El poder funciona y se ejerce a través de una organización reticular. Y en sus mallas los individuos no sólo circulan, sino que están puestos en la condición de sufrirlo o ejercerlo…” [vi].

La participación que reclamamos vinculante es también una aspiración de poder. Podemos, debemos y tenemos el derecho a ejercerlo. Los mecanismos a través de los cuales ello se dé, determinan el curso y los alcances de las negociaciones y el grado y tipo de superación del conflicto. Aquí esas instituciones que Juan Camilo Restrepo llama “legítimas”, realmente son “legales”. Legales dentro de esas leyes que ha construido una pequeña facción de personas, pero en las cuales nada ha dicho la mayoría. Son instituciones que deberán modificarse, consensuarse, ajustarse a la llegada de un nuevo factor de poder. “O sea, una revolución, un cambio, así sea pacífico, requiere más que el instrumento jurídico. Pero lo que no podemos es abandonar el instrumento jurídico. Y eso es lo que nos enseña la historia, inclusive de los movimientos democráticos. Para poner un ejemplo, cuando en el Estado se requiere modificar las estructuras, además se deben modificar las instituciones, para modificar las estructuras. La modificación de las instituciones es el medio para lograr el cambio de las estructuras”.[vii]

La modificación de las instituciones no necesariamente es suficiente para superar el conflicto, pero es una necesidad sine qua non.



Cierro con una conclusión del movimiento social y popular colombiano acerca de esas prácticas que se viven y que avanzan en los territorios como expresión de hecho, pero que deben reflejarse también en el derecho como construcción de un nuevo país, de un nuevo gobierno nacional, democrático y en paz: “Contamos con una histórica concepción de poder popular que implica reconocer que la gente tiene el poder de decidir, de cambiar cosas en su vida, como su territorio y las dinámicas organizativas en las que se encuentran. Autodeterminación y autogestión son conceptos básicos de la construcción de poder popular. Esa concepción también cuenta con un método: desde la base, con la gente, construyendo consensos, potenciando organización, comprendiendo las contradicciones.

La construcción y materialización de mandatos ocupa un lugar especial en esta concepción; son los deseos y necesidades de la gente, convertidos en orientación para la acción política y para la vida. Deben seguir siendo las rutas de navegación. Así mismo, los planes de vida digna son una expresión de los mandatos que ya han avanzado en propuestas de autogobierno y gobierno.

Al pensarnos e involucrarnos en nuevos campos de lucha que consideramos necesarios para la transformación del país hoy – como es el Estado, la institucionalidad, la construcción de política pública o la política representativa-, los preceptos de nuestra propuesta de poder no deben eliminarse, sino potenciarse; teniendo en cuenta que la concepción y método para construir poder popular también implica la acción en ese campo. El poder popular es reserva estratégica del pueblo, acumulado para mandatar y avanzar con audacia en los nuevos retos” [viii].

Participación vinculante y cambios, son el horizonte de la construcción de una paz cierta y duradera.



[i] Subrayado del autor. No aparece en el texto original.
[ii] Álvaro Gómez Hurtado. El Gobierno está preso del “Régimen”. Disponible en el libro “Memorias para la democracia y la paz: veinte años de la Constitución Política de Colombia”. Camilo González Posso –compilador-. Alcaldía Mayor de Bogotá. Bogotá Humana. 2012.
[iii] El jurista Rodolfo Arango Rivadeneira, en exposición en la Universidad Libre de Pereira en el año 2014, explicaba que los derechos son “relaciones” entre personas o grupos.
[iv] Ferdinand Lassallé explica que los Factores Reales de Poder son esos grupos de interés que tienen la fuerza y cohesión suficientes, para pactar el reconocimiento de sus intereses (por lo tanto de sus derechos), reflejarlos en un texto y “Constituirlos” y “Constituirse” en derecho, en institución jurídica, en orden.
[v] León Valencia y Ariel Ávila. Los Retos del Postconflicto. Ediciones B Colombia S.A, 2016.
[vi] Michel Foucault. Poder, derecho y verdad. Disponible en el libro Poder V.S. Democracia. Fundación para la Investigación y la Cultura –FICA. 2004.
[vii] Jaime Araujo Rentería. La sociedad civil mira la paz. 2016
[viii] Congreso de los Pueblos, seminario político-ideológico nacional “Carlos Alberto Pedraza”. Conclusiones sobre Poder Popular: El poder es para hacer, y hacer es cambiar. El poder no es estar en un lugar. 2015