jueves, 2 de abril de 2020

El virus, el abrazo y el beso



"Mientras en Colombia los militares no tienen límite en el número de balas que usan para la guerra,
 a los médicos se les restringe el número de apósitos en una cirugía.
 Un país que no tiene límites para matar, pero sí para curar, es un país enfermo".
 -Víctor De Currea Lugo-



En la medida en que pasa el tiempo, cuando en Colombia llevamos trece días a partir de la notificación oficial del primer caso de COVID – 19, y tras una semana de la declaratoria gubernamental de “cuarentena” nacional, comienzan a aflorar no sólo informaciones más precisas y documentadas acerca de los reales alcances del virus biológico, sino también, manifestaciones de desesperación por el confinamiento obligatorio, la ebullición de los problemas sociales estructurales asociados a la gran desigualdad socio económica, la posibilidad creciente de un alzamiento popular empujado por el hambre; y el panorama del posible establecimiento de un modelo totalitario, no sólo en Colombia, sino también en diferentes partes del mundo.

Quiero plantear en esta ocasión, la necesaria reflexión que deberá tener la sociedad global y en particular, la colombiana, de cara a los asuntos más apremiantes que ha dejado al desnudo la actual crisis sanitaria mundial. Pero, lo que es aún más importante y crucial, las acciones que se deberán emprender para corregir las aberraciones actuales y contener o evitar las que se pueden desatar.

La vida, la salud y la alimentación como relaciones sine qua non.

El miedo general que ha desatado el actual coronavirus que desarrolla la enfermedad llamada COVID – 19, se soporta en la posibilidad “inminente” de perder la vida como resultado de la infección con dicho virus.

La vida, es pues, el valor supremo que se quiere hacer prevalecer y defender. Y para que el ser humano conserve la vida, necesita salud; y para tener salud y por ende vida, necesita alimentación.

Así pues, que debemos acometer las acciones colectivas organizadas, para que la soberanía alimentaria - entendida como la autonomía de una Nación para sembrar, cosechar y producir su alimento – se restablezca en Colombia, y de forma solidaria, en los países sometidos a la dictadura de las potencias económicas y militares. Pero el asunto no se queda allí, porque en paralelo se debe accionar para que al interior del país, sea un hecho la democracia en el acceso, uso y posesión de la tierra para el campesino no terrateniente ni corporativo, como también la producción para asegurarse la subsistencia digna y para abastecer la demanda en las ciudades. 

De forma transversal, es necesario renunciar al “desarrollo” de megaproyectos que vulneran el futuro hídrico y medioambiental, sin lo cual, lo arriba mencionado no es posible.

En lo que respecta al sistema de salud, queda en evidencia durante el inicio de esta crisis, que el desmonte del aparato de salud público que iniciaron los gobiernos desde inicios de los años noventa, no sólo fue configurado como el negocio de unos pocos comerciantes y financieros, adicional a ello, llevó a los mayores niveles de precariedad laboral a todo el personal asistencial y de apoyo. Contratos por OPS, sin prestaciones sociales, sin capacidad de asociación sindical, sin dotación adecuada para la protección de su propia salud y de los riesgos que su labor implica, el sometimiento del ejercicio médico a los dictámenes e intereses de castas politiqueras que parasitan las instituciones sanitarias y sus recursos, la pérdida de la autonomía médica y de la respetabilidad de la profesión.

Con la Ley 100 de 1994, el sistema de salud colombiano sufrió el ataque de una enfermedad mortal llamada Entidad Prestadora de Salud – EPS, que se queda con el 30% del dinero de la salud de la población, dinero que entra como ganancias a los bolsillos de los propietarios de las entidades parasitarias. Se cerró gran parte de la infraestructura de salud pública, y con ello, se perdieron camas, unidades de cuidados intensivos y personal idóneo – que es lo que más reclama la actual situación-. No se puede olvidar el robo de los recursos de hospitales y clínicas que hoy hace falta para habilitar las condiciones de salud pública que exige el ataque del coronavirus. Tampoco se puede olvidar que el presupuesto de guerra – para matar – es mayor que el presupuesto para la salud – para salvar vidas – [1] o que el enfoque de prevención en salud es menos importante para los gobiernos, que el enfoque de atención a la enfermedad – que es donde hacen negocio las farmacéuticas, los intermediarios financieros, los propietarios de clínicas privadas, de distribución de equipos e insumos médicos.

Finalmente, cabe preguntarse si la mayor afectación territorial del coronavirus, en términos de casos fatales, tiene una asociación directa a la situación de la contaminación ambiental, a los “clusters” industriales que manejan materiales tóxicos en sus procesos – como al parecer ocurre en el caso italiano, en la región de Lombardía [2] - y a la combinación de esta condición con el desmantelamiento del sistema de salud pública.

Un modelo económico que no naufrague ante las guerras comerciales imperiales.

Colombia debe enfocarse en un modelo económico que no dependa del petróleo o de la explotación a gran escala de minerales, lo que no sólo deja graves afectaciones al medio ambiente, al tejido social de las comunidades y territorios, sino que además poco o nada aporta en términos de generación de empleo y de dignidad del mismo. Hay que retomar la senda abandonada de la industrializaciones de sectores estratégicos y del desarrollo de las fuerzas productivas [3].

La dependencia de los ingresos de la Nación como aporte de estos productos, nos somete al vaivén de las guerras comerciales de las potencias, como bien se aprecia con lo que ocurre ahora mismo entre China, Estados Unidos y Rusia. Al momento de escribir estas líneas, el precio del petróleo de la referencia con que hacemos los cálculos económicos en el país, había caído hasta 22 dólares por barril. Con el menor ingreso de dólares por este concepto y el retiro de capitales especulativos, el precio de la divisa alcanza precios históricos de sobrepasan los 4000 pesos por dólar. Y recordemos que la deuda externa se paga en dólares, al igual que las importaciones; y hoy por hoy, importamos cerca de 16 millones de toneladas anuales de alimentos agrícolas, que bien podíamos producir en nuestro país. Agreguémosle a este coctel, el desempleo estructural sumado al que van a producir la recesión económica y la quiebra de empresas, por  cuenta del paro obligado de las empresas, para cumplir la cuarentena. El batido puede traer como resultado un estallido social de proporciones insospechadas. La política económica ha sido la de despojar al máximo a la población, de sus condiciones materiales de supervivencia; y ante la actual situación, el hambre aflora con gran rapidez y pronto desatará el instinto animal de supervivencia. Ya sabemos lo que ocurre en esta situación.

La defensa ideológica, del tejido cultural y social en contra del totalitarismo.

Como he leído durante estos últimos días, en algún medio alternativo, “lo primero que se requiere para que exista una pandemia, es que haya una declaratoria de pandemia por parte de un ente oficial” [4]. Y en el caso que nos acomete, dicha declaratoria ha corrido por cuenta de la OMS –Organización Mundial de la Salud – la cual como ellos mismos lo reconocen, se financia en un 75% a través de donaciones “voluntarias” de “asociados” [5]. Y de acuerdo a la información que suministran diversos investigadores, muchos de esos asociados corresponden a quienes tiene participación y otros intereses en la corporación farmaceútica. Por supuesto, una declaratoria de pandemia, los pone en el centro del negocio de la cura para la enfermedad. No quiero desconocer con esto, el riesgo de contagio de una nueva cepa de coronavirus, que compromete la salud y la vida de los contagiados, y cuyo coeficiente de contagio parecer ser mucho más alto que el de otras enfermedades, pero su tasa de mortalidad, mucho menor que otras. Tampoco entraré a debatir sobre el origen biológico natural o inducido.

Lo cierto, es que la propagación del miedo tiene un coeficiente muchísimo mayor que el propio virus que nos alarma, el que es por demás un “enemigo invisible” que nos pone en ciernes ante la tumba. Es tan invisible ante nuestros ojos, como lo es el asesinato sistemático de líderes y lideresas sociales en la periferia de Colombia, pero esta última situación, no genera tanto alboroto en la sociedad ni en los titulares de la prensa oficial.
Y ese miedo altamente difundido y reforzado por el aparato mediático y las redes sociales, utilizando como vehículo el omnipresente teléfono inteligente, legitima las acciones coercitivas, policiales y militares, la restricción de las libertades civiles, las políticas de salvamento de la corporación financiera, y el establecimiento de un modelo totalitario que se va convirtiendo en paisaje común y voluntariamente aceptado – requerido y amado – por quienes anhelan con fervor escapar de la muerte a las que los somete ese enemigo invisible, que es pregonado con insistencia por el amplificador mediático.

Si bien es cierto, que ante el desconocimiento del actual virus y de sus alcances finales, se hacen necesarias las llamadas medidas de aislamiento social, no podemos perder de vista que es imprescindible la defensa de nuestra cultura de cercanía física y emocional, como fundamento de nuestro tejido social y cultural.

Yo me niego a que el miedo a ese enemigo invisible, me lleve a aceptar la proscripción del abrazo y del beso. Me niego a ver al otro como el potencial vulnerador de mi bienestar sanitario, por el simple hecho de existir.

La posibilidad del hiper control de nuestras vidas a través de la informática, la biometría y la invasión subcutánea del GPS biológico, es algo que debemos rechazar y resistir.

La humanidad sobrevivirá a la enfermedad, pero no lo hará frente a la destrucción del planeta, ni frente a la claudicación de la autonomía personal y colectiva de las culturas y de las Naciones.

@MarioossaM