sábado, 5 de septiembre de 2015

La paz como solución del conflicto social

“Las ideas son, a la larga, más fuertes que las armas”
Orlando Fals Borda


Por: Carlos Mario Marín Ossa

Tras cincuenta años de la violencia colombiana más contemporánea y en un momento histórico que reclama el fin del conflicto armado, es clave recordar que los antecedentes históricos, sociales y políticos que han engendrado nuestra guerra fratricida están lejos de resolverse pues el conflicto social no avizora signos prontos de resolución. La paz concebida en su alcance integral requiere cambios radicales en las estructuras económicas, sociales, culturales y políticas que conlleven a una justica social en la distribución de la riqueza, en el ejercicio de la soberanía, en el logro de la autonomía por parte del pueblo y sus comunidades, en el ordenamiento del territorio de acuerdo a las culturas y a las características geográficas comunes, entre muchas otras consideraciones.


Marcha Agraria a Bogotá. Año 2013. Foto/ Carlos M. Marín O.

Antecedentes de la violencia.

Es claro que la invasión europea a América y por supuesto al territorio que hoy ocupa Colombia, destrozó los sistemas de vida imperantes y que seguían su desarrollo histórico propio. La exclusión, discriminación y negación de toda forma de vida y de manifestación cultural diferente a la impuesta por el dominio eurocentrista marcó el inicio del ejercicio de la violencia como método político, económico y cultural en favor de las élites y de sus intereses.

La violencia siempre ha estado atada a la posesión de la tierra como factor de producción que no se reproduce como ocurre con otros, por ejemplo con los bienes de capital o con la mano de obra a través de la explosión demográfica. La tierra nada más y nada menos provee al ser humano del alimento y ello en un mundo cada vez más superhabitado y hambriento, constituye un elemento desestabilizador en torno a su posesión por los medios que sean necesarios. Pero también tiene un componente político que trasciende y transversaliza el eminentemente economicista.  Allí se tejen relaciones sociales, culturales, históricas y de poder bajo el concepto de territorio, que atizan la confrontación cuando son negadas o que impulsan la convivencia pacífica cuando son reconocidas.

Hay que recordar que luego de la guerra de independencia frente al dominio español, las élites criollas descendientes de europeos se disputaron el poder económico, político y social. Los sucesivos presidentes que tuvo la República llegaron con las visiones partidistas copiadas del modelo europeo y que negaban la realidad de las grandes mayorías mestizas, afrocolombianas e indígenas. La distribución del territorio se dio de forma amañada según los intereses de las élites y es una situación que llega hasta nuestros días.

Basta traer a colación la “evolución” del presidente Rafael Núñez, electo en 1884 como estandarte del partido liberal y que en sólo un año se adhirió al conservador con el << fin de aplastar definitivamente las insolencias de una chusma que reclamaba el reconocimiento de su condición humana, y cuyas aspiraciones, que las gentes tradicionalistas encontraban desmedidas, eran apoyadas por el liberalismo radical. >> [i]

El despojo de la tierra, la exclusión humana, social y política, la utilización de la fe como arma de control del pueblo eran sostenidas además con aparatos represivos organizados desde la oligarquía para mantener sus prebendas. Documentos históricos muestran por ejemplo, como antes de la IX Conferencia Panamericana de 1948, en Bogotá se dio un suceso en donde un hombre realizaba disparos al aire intentando amedrentar a estudiantes e intelectuales progresistas y que una vez detenido por la policía, luego de incesantes llamadas y confirmaciones resultó ser un detective de los aparatos del Estado. Inmediatamente fue puesto en libertad [ii]. Una situación bien conocida aún en nuestros días.

La violencia como disolución de viejas formas agrarias y de instalación del capitalismo en el campo y en la sociedad colombiana.

La búsqueda de las élites por concentrar la tierra en pocas manos se ha ejercido a sangre y fuego. De acuerdo a diversos autores, el proceso que siguió al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán Ayala y que había iniciado hacia 1928, tuvo dos desarrollos primordiales : uno de transformación progresiva a través de la violencia armada y ejecutada por los pájaros como aparato paramilitar de la oligarquía, apoyados por el Estado y el segundo, de equilibrio de fuerzas entre hacendados y campesinos del centro y suroriente del país. El primero se dio en el Valle del Cauca, el alto Cauca y el Eje cafetero. Allí el despojo se dio en condiciones de violencia sin par en contra de los campesinos dueños de tierras, fomentó la proletarización de los despojados y coincidió con el auge y consolidación de los ingenios azucareros del país. El segundo, se dio en la región del Sumapaz principalmente y se replicó con menor intensidad en el Tolima y territorios adyacentes. Allí el proceso fue de parcelación y disolución de las haciendas, generado por una correlación de fuerzas más equilibrada llevó a la invasión de las haciendas improductivas por parte de campesinos desposeídos y arrendatarios que utilizando la doctrina del Decreto 1110 de 1928 se negaron a pagar más por la utilización de la tierra y obligaron a los hacendados a “partir diferencias” [iii].


Toda reclamación Popular es reprimida por los aparatos armados del Gobierno.
Marcha Agraria a Bogotá 2013. Foto/Carlos M. M. Ossa
En 1953 el ingreso per cápita de la población rural era de 497 pesos y el de los grandes empresarios era de 2146 pesos [iv]. Recordemos además que durante el gobierno de Misael Pastrana Borrero se le dio un golpe contundente al campo y a sus posibilidades de supervivencia democrática en términos de distribución, cuando siguiendo los consejos de su asesor económico extranjero y formado en Harvard – Lauchlin Currie -, fomentó la migración hacia la ciudad de grandes masas de campesinos que no tuvieron el apoyo del Estado para trabajar en condiciones dignas; con lo cual se potenció la industrialización en las ciudades con mano de obra abundante y barata en paralelo que se impulsó la especulación financiera con la construcción de vivienda para los menesterosos y la adopción del sistema UPAC.

Como es más conocido, a partir de los gobiernos de Virgilio Barco Vargas y hasta nuestros días, el impulso a los modelos capitalistas de sobre-explotación de los recursos naturales, de privatización de los sectores estratégicos, de la salud y la educación, de reemplazo del aparato productivo nacional por el extranjero, de destrucción del empleo nacional y por consiguiente de la posibilidad de organizar un futuro digno para las mayorías nacionales, azuzan más las condiciones de guerra y conflicto en nuestro país.

La ventana de la paz, los post – acuerdos y el conflicto social.

En el ajedrez geopolítico y geoeconómico de los tiempos del neoliberalismo, se ha hecho imprescindible para los sectores contendientes en el conflicto armado colombiano, buscar una solución a los tiros de fusil. El anhelo de parte de la insurgencia armada es buscar las reformas necesarias para encontrar la solución al conflicto social luego de silenciar las armas y acceder bajo condiciones especiales, al poder político para buscar las transformaciones requeridas. La búsqueda de las estructuras oligárquicas, terratenientes y de especulación financiera tanto nacionales como extranjeras; es acceder a territorios, recursos naturales y “recursos humanos” para profundizar el modelo extractivo, la explotación humana y la especulación financiera en todos los sectores para maximizar sus ganancias y su riqueza.

Para llegar a una paz integral luego de los post acuerdos, es necesario solucionar el conflicto social. Ello se logra sólo cambiando estructuras de todo orden, el modelo económico actual y las condiciones de participación política incluída la directa.

Es necesaria una reforma agraria real y efectiva, para que la tierra se democratice y llegue a manos de quien la necesita y la trabaja. Existiendo el modelo agroindustrial en el campo, es necesario que se garantice la existencia, desarrollo y consolidación de sistemas agrarios cooperativos. El campo debe destinarse primordialmente a la siembra y cosecha de alimentos para garantizar la seguridad y soberanía alimentarias. Esa soberanía implica no depender de semillas patentadas y volver a la semilla ancestral.

El aparato industrial nacional debe preferirse por el extranjero en los sectores no desarrollados en el país. De igual forma debe ocurrir con el comercio y servicios de apoyo. Así se garantiza la creación de empleo  y su acceso.  La política macroeconómica debe enfocarse a la redistribución de la riqueza mediante una política que impulse el incremento de los salarios, para incentivar el consumo  social y la dinamización permanente de la economía, renunciando a una política que privilegie el control inflacionario y que de paso impida el acceso a mejores salarios. En general se debe tener una política económica que permita el desarrollo de diversas miradas por parte de las comunidades, las cuales no necesariamente se enmarcan en la dinámica capitalista.
Los sectores estratégicos como los servicios públicos, la salud y la educación deben ser nacionalizados y garantizados por el Estado. Incluso debería pensarse en que la educación sea pública, para garantizar que todos los estratos socioeconómicas accedan a iguales condiciones de calidad.

Finalmente y faltando innumerables estructuras por intervenir, los territorios deben jugar parte primordial en estos postacuerdos y la búsqueda de la paz integral. El ordenamiento territorial debe trazarse a partir de las identidades históricas, culturales, económicas, geográficas y de biodiversidad de los mismos y de las etnias y pueblos que allí habitan. Un ordenamiento del territorio basado en estas condiciones es lo que facilitará el reconocimiento de los pueblos, de la diversidad y la suma de las diferencias como constructora de fuerza e identidad nacional.

De lo contrario seguirá ocurriendo la confrontación entre colombianos, que nos trae a la memoria una imagen que en su momento relataba el sacerdote Claretiano Alcides Fernández cuando buscaba entre hombres poderosos una solución al problema de desplazamiento y desempleo: “ He visto las caras de los desocupados que rondan por las ciudades, y son las mismas que ví descender de las montañas, el nueve de abril de mil novecientos cuarenta y ocho para incendiar a Bogotá” [v].





[i] OSORIO LIZARAZO, J.A. GAITÁN: Vida, muerte y permanente presencia.  El Áncora Editores. 3ª. Edición. Pág. 12. Op. Cit.
[ii] GUZMÁN CAMPOS, Germán – FALS BORDA, Orlando – UMAÑA LUNA, Eduardo. La violencia en Colombia tomo II. Carlos Valencia Editores. 9ª. Edición. Pág. 363.
[iii] SÁNCHEZ, Gonzalo – MEERTENS, Donny. Tierra y Violencia, el desarrollo desigual de las regiones. Revista Análisis Político No. 6. ENE/ABR de 1989. Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá.
[iv] GUZMÁN CAMPOS, Germán – FALS BORDA, Orlando – UMAÑA LUNA, Eduardo. La violencia en Colombia tomo II. Carlos Valencia Editores. 9ª. Edición. Pág. 252.
[v] FERNÁNDEZ GÓMEZ, Alcides. Sacerdote Claretiano. Alas sobre la selva. Edición Propia.

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