martes, 13 de febrero de 2018

Nuestro programa de gobierno (1)

Ese programa que siente las bases de la modernización del aparato económico en el campo, en la industria manufacturera, en el desarrollo de servicios con avances tecnológicos…

Por: Carlos Mario Marín Ossa*
         @MarioossaM

Colombia como nación, es decir, como pueblo que comparte unas tradiciones, historia y territorio, enfrenta una coyuntura trascendental que determinará las condiciones de vida para varias décadas, al elegir al próximo gobierno.
El primer momento se vivirá el 11 de marzo, al elegir el Congreso de la República. Si elegimos las curules suficientes de entre esos sectores alternativos como el Polo, los Verdes, los Progresistas, la UP, del movimiento indígena, fuerzas de la afrocolombianidad y otros; se obtendrá una fuerza importante para regular al ejecutivo y al programa que gane la presidencia de la República.
Así las cosas, entramos a comentar el programa de gobierno que necesitamos la mayoría de los colombianos, el que nos permita avanzar en niveles de equidad, de vida digna, de redistribución del ingreso, de garantía de los derechos fundamentales, económicos y ambientales.
Ese programa que siente las bases de la modernización del aparato económico en el campo, en la industria manufacturera, en el desarrollo de servicios con avances tecnológicos, es decir, en la producción con valor agregado que genere riqueza, y que dicho programa político apunte a que esa riqueza se distribuya a toda la población.
El sector anacrónico de la población, ese viejo país que es la minoría más rica, ha gobernado y trazado la política para defender sus intereses y privilegios, condenando de paso a las mayorías a la miseria, a mantenernos en condiciones sociales, políticas y económicas similares a las del modelo histórico de producción feudal.
El proyecto histórico de las mayorías nacionales, debe tener su programa de gobierno para iniciar la transición requerida. Es el que debemos elegir. Algunos elementos que debe contener y que debemos identificar para votar por él, son entre otros la producción agrícola nacional, la producción manufacturera nacional, la salud pública como derecho fundamental, la seguridad social, la educación pública de calidad y universal, la relación – protección del medio ambiente y de la naturaleza, la reforma agraria, la redistribución de la riqueza, la democracia y la paz.
1.      Un campo nacional desarrollado y que garantice la soberanía alimentaria

El sector del campo debe privilegiarse por ser el que produce los alimentos agrícolas y pecuarios que requiere la nación.  En Colombia existen cerca de 7 millones de hectáreas de tierras aptas para sembrar alimentos. Pero también se presenta la tenencia de la tierra más desigual del mundo, que para el año 2014 mostraba cómo el 52% de la tierra le pertenece al 1,5% de la población y que para 2009 el coeficiente Gini para propietarios era de 0,885[i]. La situación se ha agravado en razón de la violencia  y por la contrarreforma agraria generada por la violencia narcotraficante y paramilitar.

Colombia se encuentra en condiciones feudales, pero además los sucesivos gobiernos impulsaron los tratados de libre comercio TLC, que comprometieron al país a importar alimentos agrícolas que se sembraban aquí, de forma que se generó una competencia desleal y desigual para el campo colombiano porque en Estados Unidos, por ejemplo, los desarrollos tecnológicos en el campo permiten producir a menores costos, pero además el gobierno otorga subsidios y protección a su campo.
En contraposición, Colombia con la firma de los TLC, renuncia a apoyar y proteger su sector agrario y campesino. El resultado es la miseria rural y del campesinado. Hoy, Colombia importa cerca de 13 millones de toneladas de alimentos agrarios que pueden producirse en el país, cuando por ejemplo en  1999 se importaban 4.975.645 toneladas de productos agropecuarios[ii].

Dependemos de la oferta alimentaria de otros países. No tenemos soberanía sobre nuestra alimentación, por lo cual nos convertimos en una sociedad esclava de quienes nos proveen dicha alimentación.
Revisar o derogar los TLC en materia agraria, es una política que debe contener el programa de gobierno que elijamos, para que nuestra producción de alimentos y el campesinado que los produce no se enfrenten a esa competencia desleal.
Pero a la par, debe desarrollarse una política de proteccionismo hacia el sector agropecuario que garantice precios de cosechas, subsidios y créditos blandos a través de la banca Estatal y no de la privada, el acceso al agua, la oferta de bienes públicos como carreteras y transporte público, universidades y programas públicos dirigidos a la transferencia y formación de conocimiento agropecuario propio, oferta pública para la investigación y el desarrollo para el campo, una política de asociatividad campesina de pequeños productores que pueda iniciar la industrialización del campo orientada a los alimentos y no hacia los monocultivos que no son alimentos.
Es una mirada distinta a la planteada en las ZIDRES, que llevan a mayor concentración de la propiedad, al monocultivo no relacionado con alimentos y a la servidumbre del campesinado pobre.
La existencia del latifundio improductivo que está en manos de personas que han llegado a acumular por diversos mecanismos (incluso la violencia) hasta 1 millón de hectáreas, debe ser gravado con impuestos que obliguen a destinar esas tierras para la siembra de alimentos o que obliguen por su costo a ofrecerlas en venta al Estado, para que este genere una política de reforma agraria hacia el campesinado productor de alimentos.
Hay que actualizar el catastro rural, para saber quién tiene la tierra y que paguen los impuestos correspondientes.
El reconocimiento del campesinado como sujeto político de derechos que lo hagan objeto de políticas públicas para la protección estratégica nacional de su existencia y de su labor como productor de la alimentación de la nación, es una necesidad inaplazable.
Que en el artículo 64 de la Constitución Política de Colombia, se siga considerando al campesinado como “trabajadores” del campo, hace vulnerable a este sector de la población ante el abandono estatal y ante la explotación por parte de los ricos empresarios [iii].

Hay que frenar la extranjerización de la tierra, porque esa tierra que debe dedicarse a la producción de alimentos, se ha ido convirtiendo en “propiedad privada” de países y corporaciones extranjeras que buscan en el corto plazo la explotación de los recursos no renovables del subsuelo, la provisión de alimentos para sus países y en el mediano plazo, el control del agua de páramos, ríos y subterránea.
Sudáfrica, Canadá, Inglaterra, Australia y Estados Unidos a través de corporaciones minero energéticas como Medoro Resources, BHP Billiton, Anglo Gold Ashanti, Anglo American, Xtrata, B2 Gold, Cosigo Frontier, Eco oro y Continental Golg[iv] tienen concesionada a través de títulos y solicitudes mineras, toda la región andina de Colombia desde el sur hasta el norte. Coincide en mucha parte con el mapa de la violencia y el conflicto armado que aún existe.

Finalmente, y entre otras cosas fundamentales, para desarrollar el campo nacional y la producción de alimentos, debe protegerse la semilla nativa, en donde radica la fuerza genética de nuestro pueblo y con cuya alimentación comienzan el derecho a la vida y a la salud.
Para ello, deben eliminarse las salvaguardas a la “propiedad intelectual” de nuestra biodiversidad en favor de transnacionales extranjeras como Dupont, Monsanto y Syngenta, entre otras. Es necesario así, eliminar la Resolución 970 del ICA y los convenios UPOV (Unión para la Protección de Obtentores Vegetales – Colombia tiene suscrito el UPOV 78)[v], que no son otra cosa que la entrega en manos de transnacionales de nuestra riqueza biológica y de nuestra soberanía alimentaria.
En materia agropecuaria, el programa que nos sirve como nación debe expresar claramente estas políticas, sin ambigüedades y sin retóricas nebulosas. De lo contrario, Colombia seguirá en la senda de la crisis y de la inequidad en lugar de ser una nación más humana.
P.D. Próxima entrega, sobre la salud.
*Tomado de https://www.traslacoladelarata.com/opinion/nuestro-programa-de-gobierno-1/

[i] Disponible en Documento síntesis a partir del informe elaborado por la Procuraduría General de la Nación Delegada para Asuntos Ambientales y Agrarios “Reflexiones sobre el Incoder y la Institucionalidad Agraria en Colombia, publicada en Revista Semillas, julio de 2015 y en     http:/www.incoder.gov.co/documentos/A%C3%910_2014/Gestion_Incoder/Programas_Proyectos_2014/2.pdf
[iv] Informe “La consulta popular y el derecho al territorio”. Senador campesino Alberto Castilla Salazar.

miércoles, 10 de enero de 2018

Para una Colombia digna, se requiere un programa de cambios



Por: Carlos Mario Marín Ossa
       @MarioossaM


Una población, en términos generales aspira a tener empleo digno, educación, salud, techo, vestido, alimentación y un poco de esparcimiento. Son elementos que de disfrutarlos en buenas condiciones, dicha población considera tener una vida digna. Estas garantías configuran una redistribución de la riqueza que conlleva a estabilidad social, construcción de paz y desarrollo integral. Y es lo que se espera que un Estado garantice a través de su gobierno.

El año 2018 convoca nuevamente al pueblo colombiano a elecciones de orden nacional para nombrar una nueva composición del Congreso (que en esta ocasión pudiera variar de forma importante) y a elegir un presidente o presidenta de la República (también para este caso puede darse un cambio inédito).

Así pues, el momento histórico por el que atraviesan Colombia como República y su pueblo como Nación, dependen institucionalmente de: 1) La nueva composición del Congreso y 2) La elección de quien asumirá el cargo de presidente o presidenta y del programa de gobierno que implementará. Desde lo extra-institucional, la movida social entre fuerzas antagónicas marcará el desarrollo del programa que lleva las bases del próximo gobierno y su reflejo en las representaciones parlamentarias que una y otra fuerza son capaces de influir.

Un Congreso de la República en pugna por transformaciones y otro por mantener el status quo.

Tanto a Senado como a Cámara de Representantes llegan como fruto del proceso de paz de La Habana, diez (10) representantes por la ahora fuerza política Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común -FARC. Aún está en vilo la posibilidad de llegada al parlamento de movimientos sociales a través de las circunscripciones especiales para la paz, que para el caso serían diez y seis curules en Cámara de Representantes.  Restan las posibles curules que conserven o tal vez aumenten entre el Polo Democrático Alternativo y Alianza Verde, las que puedan obtener los Progresistas y su coalición, las del movimiento indígena y las negritudes a través de circunscripciones especiales. Algunos cálculos indican que existe la posibilidad que las fuerzas alternativas alcancen entre 20 y 25 curules, cerca de un 24% del parlamento, con lo cual se lograría establecer una fuerza importante en estos espacios colegiado. Las fuerzas que representan los intereses más retardatarios de la ultraderecha de carácter semifeudal alcanzarían alrededor de un 30% , las fuerzas que representan a la oligarquía de carácter financiero alcanzarían alrededor del 40% y el resto quedaría para representaciones que se alinean preferiblemente hacia los ofrecimientos burocráticos, casi siempre representados por el actual modelo económico, político y social.
La clave para un nuevo proceso histórico de las mayorías colombianas, es lograr una muy importante representación a través de las fuerzas alternativas que en el Congreso de la República impulsen los cambios requeridos para alcanzar mayores niveles de equidad, bienestar y redistristribución de la riqueza, o que bloqueen las iniciativas que desde los sectores antagónicos busquen imponer el interés de las élites.

Con las diferencias propias de los desarrollos históricos, ideológicos, conceptuales y de influencia territorial, deberían llegar al parlamento las representaciones del Polo Democrático, de la Alianza Verde, de la Unión Patriótica, de los Progresistas y aliados, del Modep, del MAIS indígena, de los Afros. Son fuerzas que en términos amplios propenden por las transformaciones más necesarias para iniciar una senda hacia condiciones de vida digna y con mayor equidad para las actuales y próximas generaciones de colombianas y colombianos. Son fuerzas que con matices plantean desarrollos en términos de generaciones como resultado de una visión política de Estado.

Una mayor correlación de las fuerzas de derecha y ultraderecha que siempre han defendido los intereses de las élites económicas y sociales, mantendrán a la población en las mismas condiciones de miseria y violencia, dinamitando de paso el anhelo de avanzar hacia la construcción de la paz.

Las franjas del abstencionismo son claves

En una sociedad fuertemente polarizada, con una gran carga de dogmatismo, fanatismo y fundamentalismo, sumados a la ignorancia política, al desconocimiento de la historia y a la incapacidad de realizar análisis de contexto y de intereses de clase; la votación cautiva por sectores populares, de clase media y de pensamiento progresista, tanto como la de aquellos cautivos por los sectores más conservadores y retardatarios, difícilmente se moverá. Entonces, la franja por donde se pueden generar los desequilibrios más notables es por aquella en donde históricamente se ubican las personas abstencionistas.

No es fácil ganarse estos apoyos, por cuanto el desmadre generalizado de la corrupción en la política, en los sectores públicos y privados; no ayudan para que estas personas cambien de opinión respecto de la necesidad o importancia de la representación política y la delegación (no omnímoda) de su voz. Pero la exigencia de una construcción de paz y de una sociedad más digna y equitativa –sobre todo ahora que las insurgencias armadas han asumido el reto del diálogo y la negociación con las élites- puede ayudar a convencer a esta franja acerca del papel fundamental que tienen para con las futuras generaciones como legado de cambio y materialización de los intereses de las mayorías nacionales.

Las propuestas claves para cambios reales

Entre el abanico de candidatos y candidatas hacia el congreso de la República que se encuentran dentro de los parámetros que entiendo como fuerzas progresistas y alternativas, considero que es esencial apoyar a aquellos y aquellas que proponen adelantar su trabajo legislativo y de control – y que su trayectoria da fe de coherencia entre lo que proponen y lo que han vivido- en el marco de los siguientes asuntos:

a.    Que hagan parte de los sectores populares y de clase media, los cuales constituyen las mayorías nacionales, son los que aglutinan a los trabajadores del campo y de la ciudad y por ende generan la riqueza de la nación; aquella que es usurpada por las minorías que hasta ahora controlan el poder de las instituciones y de los cuerpos armados.

b.    Que tengan trayectoria en el movimiento social como resultado de su compromiso en la defensa de los derechos del pueblo.

c.     Que no se encuentren apoyados por las élites y las castas económicas y políticas del país, ni comprometidos con ellas.

d.    Que tengan conocimiento de los territorios, de la realidad nacional, de las gentes, de sus culturas y del papel que deben realizar en el Congreso.

e.    Que se comprometan con los cambios requeridos en el país, con temas ineludibles como buscar la eliminación de las reformas laborales y de seguridad social, en especial las derogatorias de las Leyes 50 de 1990 y 100 de 1993 que eliminaron las garantías laborales a los trabajadores y asegurando de paso el derecho fundamental a la salud; el impulso de la educación pública con un presupuesto suficiente para garantizar calidad, acceso y proyección social; la renegociación o derogación de los TLC que afectan la producción nacional, el apoyo de dicha producción protegiéndola de la competencia desleal extranjera e impulsando de paso el incremento del empleo de colombianas y colombianos; la preservación del medio ambiente respecto de la explotación minero energética a gran escala; la recuperación del transporte público y de los servicios públicos domiciliarios como sectores estratégicos para el desarrollo nacional con equilibrio y respeto medioambiental; la garantía de la producción nacional de alimentos para la población colombiana; la reforma agraria que garantice el acceso a la tierra y su democratización; la redistribución de la riqueza a través de una estructura progresiva de impuestos a los capitales y a las ganancias de estos así como gravando el latifundio improductivo; el acceso a vivienda digna; la instauración de la banca estatal dirigida a apalancar la producción nacional eliminando el sometimiento de la producción real a la usura privada.

f.      La garantía de la construcción de la paz.




Es por estas consideraciones, entre muchas, que mi voto lo depositaré para el Senado de la República por el actual senador y candidato Jesús Alberto Castilla Salazar y a la Cámara de Representantes por Risaralda, por la abogada Adriana González Correa; ambos en las listas del Polo Democrático Alternativo. Es mi invitación para apoyarlos. Por supuesto, dentro del abanico de fuerzas que he detallado arriba, también existen fabulosos candidatos. Espero que lleguen a fortalecer las propuestas comunes, a la unidad en torno a estas y al nuevo proyecto histórico de las mayorías nacionales.      


En próximas entregas, escribiré sobre las consideraciones que debe tener el programa de gobierno para presidencia de la República  que más nos conviene a los colombianos y a las colombianas.

sábado, 16 de septiembre de 2017

RITUALES

"Y fue así que, caminando, 
encontré seres con la bondad y la 
humanidad que el resto había perdido"



Hay rituales necesarios, que se descubren en los confines del mundo.

Una mujer aparece de pronto, con caminar pausado y joven,  la mirada que guarda miel, la piel que le compite a la arcilla y a la almendra, unos brazos suaves y torneados que atraviesan cuatro venas púrpura , la cadera voluptuosa, las piernas firmes, los puños cerrados, el cabello castaño como una integral.

Y uno entonces se acerca, y saluda. Y escucha esa voz que se queda en la memoria, con palabras cortas, de conversas específicas. Y descubre una geografía en su frente concisa, en sus ojos pequeños, en sus pómulos definidos, en su nariz de Fibonacci, en su boca concreta  y en su cuello serrano.

Y desde los contornos del espacio se la observa pasar, una y muchas veces, hasta hacerse necesaria. Porque tiene roles en plural; y hoy va vestida de campesina y mañana de cocinera, luego es costurera y en la tarde futbolista, después se viste para el baño y luego para el cine. Se viste de mujer fuerte y se viste para dormir.

Entre saludo y saludo uno la mira y ella lo mira a uno. Y uno va pensando, e imaginando. Y se comparte el juego, después se comparte el pocillo con agua. Para calmar la sed. Y a veces para que la sed siga creciendo. Y entonces las miradas se cruzan más seguido, para pasar el balón. Y también cuando el balón ya está lejos.

En cualquier momento ocurre que de pensar tanto, uno escribe. Y tacha y borra. Y escribe. Lee, piensa, tacha, borra. Y escribe. Y en cualquier momento uno va por un camino y se la encuentra. O puede ser que ambos sabíamos la ruta y la hicimos común. Y la mujer lo mira a uno a los ojos y sonríe. Entonces uno piensa y mira hacia atrás, pero ya se va alejando. Y puede ocurrir que mientras uno se toma un café, la mujer se acerca para pedir un favor. Por supuesto  un favor no se puede negar a una mujer como esa mujer. Y entonces es necesario dirigirse a la habitación y entregarle el objeto requerido.  Y es así que uno debe confesarle que escribe para ella y por ella. Y el aire se espesa y el tiempo se suspende.

Ocurre en ocasiones que uno lee en público aquello que ha escrito. Y el público escucha  descripciones hermosas y palabras esculpidas. Y la mujer que está entre el público sabe que aquello que se lee es por ella y para ella. Que los cuadros y los platanales son sublimes porque existe ella. Que se han inventado fórmulas y mediciones porque ella recorre unos caminos que es necesario hacer coincidir. La mujer descubre que su cuello tiene fronteras donde nace el aroma que llena el espacio y que cuando juega, los puntos cardinales se convierten en el marco donde el día vive y muere. Descubre que los grillos cantan para ella.

De pronto en el recodo de un camino, tras un árbol, la mujer aparece. Y pregunta algo, y al cruzarse las miradas, la penumbra se ilumina. Y uno  se despide aunque quisiera seguir  al lado de ese árbol. Y ocurre a veces que cuando uno y la mujer  se encuentran, las manos comienzan a rozarse mientras sigue la marcha. Y otras veces las manos se entrelazan y las miradas se esquivan. A veces las miradas se encuentran y las manos se huyen.

Y ocurre entonces que bajo la lluvia uno le entrega aquello que ha escrito por ella y para ella. Y siente su piel suave y su turbación. Y la besa. Y continúa el camino. La mujer  desde  una piedra lo mira a uno  y sonríe.  Una sonrisa dulce y brillante. Y cómplice. Atrás está el rumor del río. Y el sol ilumina su piel de arcilla y de almendra.

Nace entonces un ritual matutino, entre las sombras del amanecer, con una taza de café entre las manos y la espera en el corredor de su habitación. Para ser la primer persona en decirle buenos días, en decirle que es bello saber que ella existe, en escuchar su respuesta suave y en escuchar el nombre de uno que sale de su boca.


Pero también ocurre a veces que el domingo se termina. Y entonces se dan las despedidas.  Y cuando uno y la mujer se trenzan en ese abrazo, la respiración, y los brazos apretados con fuerza alrededor de los cuerpos, dicen todo lo que es necesario saber. Y el abrazo se extiende, y se aprieta más. Y entonces los pechos bailan acompasados, y el abrazo no se termina. Y uno desea que no termine, porque es bueno quedarse con esa mujer. O llevarla consigo. O llevarla a la sierra, a las inmensidades de su casa. Y quedarse para seguirle escribiendo, y sentarse a su lado y seguirla abrazando.