domingo, 15 de mayo de 2016

De amaneceres y de ocasos

Por: MarioossaM

Hay amaneceres que se dan en sábado. De forma natural e imprevista. Amaneceres en bicicleta, por las rutas del terruño. Con un libro y una fruta. Con el rio a la vista y una  tibieza de mujer al lado. Y conversaciones que se inician mientras se huele el cabello de quien acompaña. El día crece y se visitan las veredas. Se comparte un café y un pan. Un vaso de leche de cabra, un helado, una sonrisa. Se comparte la cama, la cobija y la almohada. Una vela, un poco de vino, un beso y un abrazo. Se hace el amor. Se sirve un chocolate. Se comparte el agua de la ducha. Se repasa la geografía que se comienza a querer.

El día avanza.

Y los quehaceres aparecen. Se cumplen. Se sufren. Se disfrutan. Se visitan los bares. Se toma algún batido. Se mira a la mujer. La mujer mira o rehuye la mirada. Se desconcierta. Se ruboriza. Sonríe. Piensa. Piensa. Piensa.

De repente deja salir alguna expresión o una pregunta intrascendente, para no reconocer lo que piensa, para ocultarlo. Para no reconocer lo que siente. Se ruboriza. Es joven e intenta aprender. Trata de descifrar la vida. Se aísla, se comunica. Sonríe. Y piensa.

El día avanza. Es casi medio día.  Y se comparten espacios más íntimos, Se comparte el almuerzo, el camino. Se comparte la casa recién habitada. Un poco de compañía, de cercanía. Un paisaje, una conversación. Un apoyo pequeño pero fundamental. Algún anhelo. Algún sueño. Un desayuno, un café en la plaza. Una fotografía que recuerde que el día existió y que no es un juego del cerebro. 

Queda una memoria.

La tarde avanza. Se comparte un café, un poco de música. Un abrazo, un conato de baile. Se asume la ternura. Se ama, se suda, se mira fijamente, se pierde el ser en los abismos compartidos. Se sonríe. Se vive. Se comparte una camisa.

La tarde avanza. Melancólica. Con esa melancolía que se siente cuando muere el día. Cuando se acercan las penumbras. Una mirada surge. Pensamientos que se ocultan y se pierden en la vaguedad de las sombras. De lo que no se dijo. De lo que el temor impidió que floreciera. Se está aprendiendo. Aprender cuesta. Incluso cuesta la vida. Incluso cuesta historias.

La tarde avanza y llega el ocaso. Avanza la penumbra. De forma suave y contundente. La vacilación ante lo que se teme asumir. Aprender cuesta. Incluso cuesta lo que pudo haber sido.

Hay ocasos que se dan en sábado. Sobre una bicicleta que recorre los caminos del terruño hacia la despedida. Ocasos tranquilos. Sobre el césped de un parque. Ocasos con el balance de lo que no fue. Con un poco de jugo de siete frutas en la boca. Un último beso. Un último abrazo.


Hay ocasos que se dan en sábado.

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