lunes, 14 de diciembre de 2020

TENGO UN PELUSA EN LOS OJOS


 


Nacimos en el sur, por designio del norte, en condiciones inhóspitas e inciertas, aferrados a la vida no pedida pero amada al final. Nos han unido los avatares que llevan los hijos de los pobres, que comen carne “cada mes cuando mi padre/madre cobraba”, los zapatos desgastados y un balón de fútbol.

No hay tantas distancias desde Villa Fiorito, al sur de Buenos Aires, Argentina; hasta el barrio Campestre B en Dosquebradas, Colombia. Tan pocas, que en el año de 1986, a través de una pantalla de televisión, dos latinoamericanos provenientes de esas barriadas, sin conocerse, tenían las ilusiones soportadas en una pelota de cuero sintético.

Unos años atrás había estado sentado en la sala de una casa, acompañando a mi tío y a sus amigos de universidad, para ver algunos partidos del mundial de fútbol de 1982. No entendía mucho, y mi interés no era especial. Era aún un niño sin mayor sentido del mundo por fuera de las comidas diarias.

Pero cuatro años más tarde, comenzando la adolescencia, regresaba del colegio a mi casa, cada día de la semana, a la 1:00 de la tarde, calentaba el almuerzo que me había preparado mi madre antes de salir a trabajar, miraba los “trastes” que habían dejado mis hermanos antes de irse a estudiar; y me sentaba frente al televisor para ver los partidos del mundial de fútbol que se jugaba en México y que había comenzado el 31 de mayo.

Aún no tenía consciencia clara de lo que había representado la guerra por las islas Malvinas, y sobre la dictadura militar argentina, sólo tendría referencias a través de la película La noche de los lápices, unos años más tarde. Había visto la toma y retoma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero, siguiendo las imágenes de Omaira Sánchez atrapada entre el lodo por la desidia de mandatarios que descansaban cómodos y tibios entre sábanas de olán y almohadas de plumas.

Había observado una histeria colectiva que se desató en Pereira, cuando unos volantes que se repartieron por debajo de las casas del barrio en donde crecí con mis abuelos, anunciaban la visita del ángel vengador que ajustaría cuentas con quienes encontrara en la calle. Ya me había enterado de cómo la Mano Negra estaba marcando con tinta los cuerpos de los habitantes de calle, putas, marihuaneros, hippies y ladrones, los cuales aparecían luego asesinados en las calles de la Perla del Otún.

Ya había asistido a la fastuosidad y prepotencia de Monseñor Castrillón durante las procesiones de Semana Santa; y creo que ya se había dado el primer tumulto de gentes que huían despavoridas cuando en esas procesiones estalló el cilindro de gas de un carro de papas fritas, mientras alguien gritó: “Se entró la guerrilla”.

Ya sabía del genocidio que se había iniciado contra la Unión Patriótica y veía en las paredes aledañas al centro las pintas de A Luchar. Ya había escuchado un miércoles las noticias locales de la radio anunciando la aparición de afiches en los postes aledaños al Lago Uribe Uribe, que denunciaban que Antonio Correa y Alcides Arévalo eran mafiosos. Esa misma mañana vi los afiches y también cómo desaparecieron en cuestión de minutos, tan rápido como se evaporó la noticia del dial. Ya había reventado las tejas de una casa vecina cuando me subí a los techos para caminar sobre ellos por toda la cuadra; y por supuesto, ya me había descompuesto un brazo al bajar del techo.

El fútbol que tenía antecedentes milenarios, los que se referenciaban desde la China, pasando por las tierras europeas y con vestigios en la cultura Maya, había sido estructurado y normado, como lo conocemos, en Inglaterra. El imperio y los europeos imponían condiciones.

México recibió figuras para mi descollantes como los arqueros Jean Marie Pfaff, Rinat Dasáyev, Neri Pumpido, Peter Shilton, Walter Zenga, Emerson Leao, Jöel Bats, Luis Islas. Defensas como Hans Peter Brieguel, Baresi, Passarella, Branco, Guisti, Ruggeri, Galvao, Brheme, Hans Peter Brieguel, Javier Aguirre. Mediocampistas como Michel Platini, Emilio Butragueño, Sócrates, Karl Heinz Rummenigge, Zico, Enzo Scifo, Lothar Matthäus, Ricardo Guisti, Marcelo Trobbiani, Dominique Rochetau, Jean Tiganá, Alemao, Enzo Francescoli,  Rubén Paz, Rubén Paz, Jorge Buruchaga y Diego Armando Maradona Franco. Delanteros como Antonio Alzamendi, Roberto Cabañas, Gian Luca Vialli, Aldo Serena, Telé Santana, Paolo Rossi, Gary Lineker, Careca, Emilio Butragueño, Alessandro Altobelli, Rudy Völler, Sócrates y Jean Pierre Papin. Toda la vía láctea encarnada. No he visto luego, en ningún mundial, una convergencia de figuras de tal calidad, ni un fútbol tan hermoso.

Por primera vez podía asistir a ese espectáculo tan arraigado en el ADN humano como resultado de la herencia de las culturas que nos emparentaron con los vestigios de sus comuniones rituales en el pasado. Ahora podía disfrutar de la magia de esos seres dotados con la fuerza, la plasticidad y la velocidad que todos ansiábamos tener; para ocupar un lugar en el mundo, para ser alguien, para ocupar un sitio en la historia, en la memoria y en los corazones de las gentes.

Quedaban suspendidas temporalmente las escuchas radiales de los partidos del Deportivo Pereira, en medio de las sombras de una pieza oscura, en donde podía ver a través del relato del narrador las imágenes que luego intercambiaba los lunes con mis compañeros de clase, que si tenían el dinero para asistir al estadio.

Las injusticias de los árbitros y jueces de línea eran evidentes cuando tenían que afectar con sus decisiones a los equipos suramericanos –más humildes– frente a los europeos –más poderosos–. El norte y el sur se me revelaban de forma más concreta cuando aún era un niño. Eran decisiones similares a las que los poderosos de mi comarca tomaban contra las putas, los habitantes de calle, los maricas, los marihuaneros, los hippies y los ladrones. También aquellas que ya veía en contra del abuelo o de mi madre en sus trabajos. El pez gordo se come al chico, obispo mata cura, el norte explota al sur.

Maradona ya se había echado al equipo argentino al hombro. Habían viajado (lo supe este año) sin uniformes oficiales y debieron comprar de urgencia aquella camiseta azul que utilizaron el 22 de junio, en tiendas deportivas de Ciudad de México. Los poderosos representantes de la AFA, por supuesto, llevaban sus mejores galas.

Y entonces, llega el domingo 22 de junio de 1986. A las 12:00 del mediodía estaba yo sentado en la sala de mi casa, frente al televisor, con el plato del almuerzo en las manos. Millones de latinos con el corazón como un puño. Frente a la caja mágica, un niño del sur en Colombia, veía a un pibe del sur, en Argentina. Los ingleses comenzaron a golpear al Pelusa, los árbitros a mirar para otro lado, tal como lo hacía la dictadura ante las imposiciones neoliberales de Margaret Thatcher. De pronto, en el segundo tiempo, los argentinos recuperan el balón de un ataque del equipo inglés. El balón se lo entregan a El Diego, se asocia y el rebote va al área, para que este pibe salte y con la mano de Dios doblegue al arquero de su majestad la Reina. Va esa por las Malvinas, por el petróleo robado, por la dictadura apoyada. Y luego, luego, el delirio. Maradona recibe un balón en su terreno y parte como una saeta eludiendo rivales que van quedando  tirados en el piso, impotentes ante la magia, ante la decisión, ante la venganza. Un gol para la historia, una cachetada en los terrenos del imperio, una vez que el sur le gana al norte, una vez que los hambrientos vulneran a los despojadores.

¿Cómo no amar ese sentimiento, esa dignidad alcanzada y saboreada? El tocar al poder en su cara y reírnos, sabiendo que no pueden hacer nada para borrar la historia. ¿Cómo no encumbrar a ese hombre como un Dios del sur? ¿Cómo no hacerle canciones, y dedicarle versos y hacerle una película con miradas, recursos, brazos, ojos, gargantas y corazones del sur?

El Pelusa vulneró por nosotros al poder, se le enfrentó y lo miró a la cara. Él era nuestras manos, nuestras piernas y nuestras ganas en ese momento. Con Maradona pudimos saborear la victoria, el triunfo, el salir un ratico del barro. Y siguió enfrentándose al poder de la FIFA que vulneraba jugadores y aficiones. Y se decidió por Fidel, por el Che, por Chávez, Evo, Pepe, Lula, Dilma, Correa y Cristina. Se decidió por el sur, y el norte nunca se lo perdonó. Si el norte tenía acorazados, submarinos, aviones y tanques, los latinoamericanos teníamos a Maradona, para golpearlos un poco, para imponer nuestro orgullo desde el sur.

Se equivocó en otros aspectos de su vida, como todos nosotros, pero como a un Dios se le empujó a rendir cuentas que no nos correspondía exigir ni revisar. Como lo dijo el gran Eduardo Galeano: “…es el más humano de los dioses”. Tal vez no le alcanzó el tiempo para aprender nuevos caminos como algunos podemos recorrer, para reconocer otras masculinidades. Pero también es cierto que quienes critican sin piedad y desconociendo el contexto, no comprenden nada de las profundas pasiones del alma popular.

Por ahora, ¡Dios ha muerto! ¡Larga vida a Dios!

@MarioossaM

viernes, 20 de noviembre de 2020

EL VIRUS Y EL VIRREY

 


“El patriotismo es la virtud de los sanguinarios”

Óscar Wilde   



Una enfermedad ataca al pueblo colombiano desde los tiempos de la Conquista y la Colonia, cuando estas tierras fueron invadidas y tomadas por vagos, vividores, delincuentes, violadores y frailes; que se impusieron a través de la violencia y de una fe obtusa que negaba de plano cualquier asomo de racionalidad y de ciencia. El objeto era apoderarse de estas latitudes que ofrecían inmensas riquezas para acumular y seres humanos para esclavizar, en la empresa de conseguir sin esfuerzo la fortuna que se le arrancaba a los dueños de los territorios tomados.

El agente infeccioso atacó de forma recurrente todos los espacios de la vida, para reducir los cuerpos, las mentes y las culturas; ha ido mutando a través del tiempo para resistir las defensas de los pueblos en procura de liberarse de tamaño mal y, por el contrario, infectar cada vez más seres incluso dentro de sus víctimas, de tal forma que la materia vital que contiene su poder de destrucción, se envuelva cada vez en mayores capas de protección a los remedios.

El virus se transportó en 1492 a través de los mares del Atlántico por orden de los déspotas que reinaban en la España que aún estaba inmersa en las estructuras de la edad media y el oscurantismo.

Para el 16 de septiembre de 1803, en protección del virus y su reproducción, llegó como agente el Virrey Antonio José Amar y Borbón Arguedas, de la dinastía de los Borbones ibéricos y casado por conveniencia (business are business ) con la integrante de una familia rica que esperaba fortalecer su posición social al emparentarse con alguien de la élite aristocrática.

Aunque se le reconocen desde los libros oficiales de historia una buena ejecución de sus labores militares previas a la designación (por parte de alguien más poderoso) como Virrey de la Nueva Granada, también se reseñan sus escasos o nulos méritos en términos de administración de la cosa pública, del desarrollo de la política y por supuesto del respeto de los derechos humanos (que ya tenían antecedentes en varios lugares del planeta ). Fue a la postre el último Virrey, tanto por su propia ineptitud y decadencia como por aquella que arrastraba el virus peninsular que había infectado a América Latina. Con María Francisca Villanova conformaron la última pareja que encerrada en la burbuja de sus vanidades, no atendieron las necesidades que reclamaba la población y actuando de forma altiva y pusilánime, perdieron el control en manos de grupos criollos. Estos últimos, han seguido propagando el virus y sus mutaciones, pues venían infectados.

En estos tiempos de la posmodernidad, de la posverdad y de la cuarta revolución industrial y tecnológica, aún en Colombia el virus hace presencia. La mutación más violenta y reciente ya cuenta treinta años, dejando como resultado al menos diez leyes que suprimieron las garantías de millones de trabajadores (hombres y mujeres) humildes, otras varias que convirtieron en negocio los derechos de salud y educación, otros efectos letales dieron cuenta del sector agropecuario, de la pequeña y mediana empresa manufacturera y de servicios. Han sucumbido también a la mortal mutación cerca de cinco millones de desplazados y recientemente, alrededor de doscientos muertos en por lo menos cincuenta masacres. El virus también ha atacado y despedazado un proceso de paz. En estas tres décadas, se transportó en camionetas 4 X 4, en avionetas con licencia oficial, a través de las redes sociales y de los reclinatorios de iglesias y sectas llenas de fanáticos.

Por supuesto, el virus ha favorecido con enorme generosidad a todos sus agentes infecciosos.

El actual Virrey, comparte enormes similitudes con aquel Amar y Borbón en todas las esferas de la vida personal, profesional y pública (). Inmerso en una burbuja de vanidad, soberbia e indiferencia para con las gentes vulnerables ante el virus, camina el sendero que otrora siguiera el familiar de los reyes españoles.

Dos referencias recogidas en textos, uno de historia verdel Banco de la República y otro de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos, ilustran con pasmosa precisión la realidad del Virus y del Virrey que transitan los estertores del 2020:

“Los virus son como secuestradores. Invaden las células vivas y normales y las usan para multiplicarse y producir otros virus como ellos. Esto puede matar, dañar o mutar las células y enfermarle” (ver).

“Llegaron en 1803, un 16 de septiembre lluvioso, y Santafé los recibió con algarabía, gastando dinerales en agasajos de recepción. Él, con una vejez precoz, más por convicción que por condiciones físicas, padecía de una pronunciada sordera que con seguridad utilizaba a conveniencia. Tenía 60 años cuando fue nombrado virrey, gobernador y capitán general del Nuevo Reino de Granada, el 26 de julio de 1802. A pesar de sus destrezas militares, poca o ninguna experiencia tenía en las cuestiones administrativas. Ella, varios años menor, era hija del acaudalado comerciante don Eugenio de Villanova, natural de Sadaba, de quien había aprendido a amar el dinero y manipular precios y mercancías. No era especialmente bella y nunca logró hacerse querer por sus súbditos del Nuevo Reino” (ver).

Tal vez estamos ante el último Virrey que ha sido puesto para proteger la mutación del virus que nos atormenta desde hace treinta años.

@MarioossaM

domingo, 15 de noviembre de 2020






 En este siglo veintiuno, época de la ciencia ficción, de la imaginación como factor económico, de la importancia manifiesta de los medios de comunicación y de todo lo que alrededor de ellos se da, aventurémosnos a inventarnos una historia, de mentiras, un ejercicio literario  y por cierto, disparatado; a propósito de la imposibilidad de acceder a la Feria del Libro 2020, la cual no se ha podido realizar en la ciudad por motivos de la crisis sanitaria del COVID 19. Sólo un ejercicio novelesco, repito, ficcionado; para recordar y honrar también la imaginación de nuestros maravillosos escritores y de nuestras maravillosas escritoras. Para distraernos un poco del tedio al que nos someten la cuarentena y el aislamiento social necesarios para protegernos del virus mortal.

Miranda –  Cauca

Septiembre 24 de 2020

Agencia de Prensa

 

En inmediaciones de la vereda Guatemala, jurisdicción del municipio de Miranda, departamento del Cauca, siendo aproximadamente las nueve de la mañana de este jueves; unidades del ejército nacional, en combates con un grupo narcoterrorista que delinque en la zona, dieron de baja a alias Juliana y a otros tres bandidos que la acompañaban, conocidos como alias el Mozo, alias el Amigo y alias El Invisible.

Los criminales se desplazaban en un vehículo de color beige, en cuyo interior fue encontrado abundante material de intendencia, varios kilos de base de coca, así como de marihuana tipo crippy. Fueron hallados también panfletos alusivos al gao terrorista y listas de empresarios de la zona que iban a ser extorsionados.

Esta casa periodística conoció en EXCLUSIVA detalles macabros del pasado criminal de alias Juliana, quien nació como hombre, pero quien se disfrazaba de mujer para atraer a hombres pervertidos y reclutarlos en la organización criminal. Fuentes de inteligencia del Estado nos indican que alias Juliana inició su vida de desenfreno y degenero hace aproximadamente quince años. Sin embargo, su trágico final fue el resultado de sus acciones criminales.

El alto gobierno felicitó a las unidades de héroes que neutralizaron a estos peligrosos bandidos y devolvieron la paz y la tranquilidad a la zona.

Por su parte, la jerarquía religiosa del país manifestó su apoyo al valiente accionar de las instituciones que salvaguardan la honra, vida y bienes de la gente de bien. Asimismo, señalaron que una vida de pecado, en donde se eligen opciones anti natura, sólo pueden conducir al dolor, a la abominación y a la muerte.

Finalmente, importantes personalidades del sector empresarial resaltaron la fundamental protección que reciben, al tiempo que rechazaron esa vida criminal alejada de las buenas costumbres, de la familia tradicional y del respeto a la tradición y a la propiedad; máxime en un país que está bajo la protección del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen de Chiquinquirá.

La noticia tal vez no fue porque una de las víctimas no murió en el acto y tenía a disposición la cámara de un teléfono celular (Puede ser una variante para el final de este cuento). Y por supuesto, porque se trata de ficción.

@MarioossaM